Cuando un amigo se va...

    Jorge Bosso amigo y compañero de Federico Luppi recuerda momentos entrañables y de lucha compartidos con un gran actor y luchador de todas las causas sociales que se fue hace pocos días dejando un hueco importante en quienes le conocían y admiraban.

    24/10/2017.
    En 2007 en el Circulo de Bellas Artes, rueda de prensa de la cultura por la paz. En el centro en primer plano, Federico Luppi, a su derecha J. Bosso, rodeados por personalidades de la cultura y la política.

    En 2007 en el Circulo de Bellas Artes, rueda de prensa de la cultura por la paz. En el centro en primer plano, Federico Luppi, a su derecha J. Bosso, rodeados por personalidades de la cultura y la política.

    Cuando un amigo se va, como Federico Luppi, las emociones te inundan los pensamientos, y si la gran mayoría le trata de recordar como una celebridad a la que se debe rendir sentido homenaje por su trabajo como artista y hombre público comprometido, para mí, su amigo humildemente, porque él era un grande, no siento necesidad de colectar una serie de datos biográficos informativos que certifiquen en especial su obra artística. Para mí, en vez de biografía, siento la necesidad de escribir sobre la vida, ésa que me va anegando la memoria de momentos que tuve el privilegio de compartir con él, tanto buenos como malos. No me sale otro más sentido, orgullosamente íntimo homenaje, personal, fraternal.

    Federico era lector empedernido (no sólo en español sino en otras lenguas que creo conocía por empeño autodidáctico o experiencia familiar) sabía de política lo que le echaras, y con opiniones a menudo lapidarias, emanaban de su verbo sentencias de viejo gaucho sabio. Y no estoy hablando solo de política argentina o española, los países que amaba con todos sus defectos, a pesar de provenir de familia inmigrante italiana. No, hablo de política latinoamericana y mundial, citando autoridades en la materia, aún en política económica. Se podía equivocar, pero en su sabiduría sabía rectificar, que ya es de genios.

    Tenía un temperamento incendiario que le costó lo suyo en su vida privada, y a veces en su trabajo, pero que unido a una velocidad de emisión oratoria que asombraba por su clara contundencia solía encender pasiones en su audiencia. La mayoría en su favor como admiradores devotos, pero en otros también podía despertar lo contrario. No le importaba, porque decía lo que sentía y creía, y lo sabía decir rotundamente claro.

    Recuerdo particularmente una convocatoria en defensa del cine español tras los atropellos del gobierno del PP que abarrotó una de las salas grandes del Círculo de Bellas Artes en Madrid. Yo, que en nombre de la Unión de de Actores y la Federación Estatal de Artistas que presidía, hacía las veces de moderador, presenté a varios actores y actrices que hablaron muy bien, principalmente Pepe Sacristán, que yo recuerde emocionó con su voz profunda y verbo florido, pero llegó el turno de Federico y remató la faena con una descalificación de la política del gobierno de tal magnitud que logró una ovación enardecida. Recuerdo las caras sonrientes, asombradas como de niños, de los dos líderes de CCOO y de UGT de Madrid, sentados en primera fila, aplaudiendo como esos devotos seguidores que mencionaba más arriba.

    Pero era de tal contundencia, que incluso en nuestro sector, podría decir con orgullo que un grupo minoritario, reaccionaba en otro sentido. Y exactamente al contrario, por esa vehemencia, podía ponerse a gente de una audiencia en contra no de lo que defendía, sino de cómo lo decía. Recuerdo una conferencia que me tocó dar en 2006 en el Teatro Ateneo de Buenos Aires, sobre relación entre sindicatos y sociedades de gestión de derechos, en búsqueda de la aprobación del gobierno entonces del posteriormente desaparecido presidente Néstor Kirschner, de una ley que otorgaba los derechos de propiedad intelectual en el audiovisual a los actores argentinos.

    Federico llegó sobre la hora cuando yo empezaba mi disertación. En un teatro de unas 500 butacas él tomó asiento entre un público que apenas llegaba a los 50 asistentes, o sea 10 % de la capacidad de la sala. Yo asumí esto como lógico de un principio, cuando me tocó disertar a las 10 de la mañana de un día en los albores del verano porteño, hora no muy apropiada para actores, cuando vi que no habían llegado ni siquiera miembros de mi familia, ni algunos de los actores españoles que integraban la delegación en defensa de los colegas argentinos. En realidad, me sorprendió la llegada de Federico que era nocturno por excelencia, aunque sabía ser madrugador. Al término de mi charla, se abre el debate y pide la palabra Federico, que dice poco menos que como argentino le daba vergüenza que tan poca gente se hubiera interesado por lo que yo venía a decir, con mi experiencia internacional. Llegó a decir que para él eso era la demostración de porqué los actores argentinos no tenían los mismos derechos que los actores españoles y de otros lugares del mundo, que más o menos, resumiendo se debía a su dejadez, su falta de interés y disciplina formativa, es decir: su extrema pelotudez. Las cincuenta personas que habían asistido se encendieron en contra y hasta alguna se marchó... Las que hablaron le increparon que con qué derecho se atrevía a insultarlas él… “No por ser él un actor reconocido en todo el mundo, podía venir calificar a nadie de pelotudo (en la Argentina eso suele doler más que lo llamen ignorante)”. Es decir que el debate, o la serie de preguntas y respuestas para aclarar mi charla, pasaron a convertirse en un esfuerzo desmesurado de mi parte tratando de calmar los ánimos encendidos, y al mismo Federico, que con su temperamento aclaraba a los demás que “Sólo quería señalar la oportunidad desaprovechada de oír y preguntar a quien sobre el tema sabía más que todos los presentes, incluso que él, según sus palabras.” Pero su vehemencia en lo que consideró la defensa de mi discurso no ayudó con la mayoría de esa cincuentena que había “madrugado” para escucharme.

    Pero así también reitero que en toda causa que le convoqué en Argentina o en España acudió en primera fila desde la defensa del Teatro Albéniz, a la seguridad social, la precariedad salarial, el No la a la guerra, los recortes en cultura, o la propiedad intelectual. Y ponía la cara, no se escondía, y hablaba siempre con la misma contundencia, despertando a veces en esos receptores de la crítica reacciones que demostraban paupérrima inteligencia, en ese sentido de que los actores deberían dedicarse a lo suyo.

    Federico se dedicaba también a lo suyo, la interpretación, porque nadie en su sano juicio podía dejar de reconocer que era un actor genial. A veces reticente a afiliarse a un sindicato, me recordaba a otro genio como Fernando Fernán Gómez, que con las mismas reticencias por su condición ácrata, llegaron a convencer a sus mujeres, en ambos casos, mucho más jóvenes que ellos, que ellas sí deberían afiliarse al sindicato. Fernán Gómez a la catalana Emma Cohen. Federico Luppi a la asturiana Susana Hornos. Pero los apoyos, espaldarazos contundentes a nivel de prensa y difusión que tanto Fernando, con sus escritos, como Federico con sus palabras, dieron a las reivindicaciones sindicales de este país, no tiene precio ni parangón. No eran incoherentes, sino consecuentes con su sentir antisistema, y con su genuina necesidad de apoyar lo que creía que estaba bien, ya no solo en el sindicalismo sectorial, sino también de clases.

    Podría contar cantidad de anécdotas que reafirman a Federico Luppi no solo en su calidad de actor reconocido y respetado en todo el mundo de habla hispana, pero resistiéndose a alguna insistente invitación de trabajar en EEUU porque a pesar de hablar inglés, eso de actuar en otra lengua le parecía otra cosa, y en ese país no le interesaba el contexto. Si no con todo su temperamento, y su dulzura y encanto de anfitrión, cocinando pasta italiana o asando carnes para amigos, compartiendo charlas de política, de cine y teatro, o fútbol.

    Para terminar, baste decir que al comunicarme estos días con su viuda Susana Hoyos, actriz y directora asturiana que le dedicó hasta el final, su juventud, su amor, su atención y cuidado; para coordinar como CCOO le hacía llegar su condolencia oficial, ella, entre lágrimas, me dijo : “Me siento tan afortunada…”

    Claro querida Susana “galleguita” como generalizan los argentinos a los españoles, porque la mayoría de nosotros que tuvimos el honor de conocer a Federico Luppi, sentimos que lo hemos perdido, pero VOS TE LO HAS GANADO, PARA SIEMPRE. Gracias.

    FEDERICO LUPPI. IN MEMORIAM

    Por Jorge Bosso: Colaborador en temas de Cultura de CCOO, ex Secretario General de la Unión de Actores y de la Federación de Artistas de España, y vicepresidente de la Federación Internacional de Actores (FIA).

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