Bruno Trentin, con la furia de un ragazzo

    23/04/2018. Juan Moreno

    En torno a la publicación de los diarios del sindicalista intectual a los 10 años de su muerte.

    Los diarios, un amargo desahogo

    Han pasado ya diez años desde la desaparición de Bruno Trentin (Cédon de Pavie, Francia, 9 de diciembre de 1926-Roma, 23 de agosto de 2007) un grande entre los grandes del sindicalismo italiano y destacado intelectual de la izquierda europea. Coincidiendo con ello se han publicado sus diarios: Bruno Trentin. Diari 1988-1994[1]. En realidad los diarios escritos por BT van desde 1977 a 2006, pero en ese libro solo se recogen los seis años en que dirigió la CGIL[2], principal central sindical italiana.

    Hay que decir que seguramente Diari 1988-1994 editado recientemente con la autorización de su viuda, la periodista francesa Marcelle Marie Padovani, bajo la dirección de Iginio Arienma, amigo, colaborador y biógrafo[3] de BT, no estará entre los legados más importantes de su extensa obra escrita. En ella trató de todos los temas del mundo del trabajo y de la política: el taylorismo y las transformaciones tecnológicas e industriales en Italia, la lucha partisana, los consejos de fábrica y el “otoño caliente”, la unidad y la autonomía de los sindicatos, la democracia política desde el lugar de trabajo, el partido comunista, la tensión entre el sindicato confederal y la tentación del corporativismo, o el siempre presente sueño de la igualdad y de la libertad, en el cual, en el orden de los factores, y sin alterar el producto, Trentin coloca primero la libertad.

    Algunos compañeros italianos incluso han expresado dudas sobre la oportunidad de la publicación del libro. Creen que no mejora la imagen ni la memoria de Trentin ni como dirigente ni como persona, pues está hecho con notas muy privadas que a veces solo expresan la exasperación o frustración del momento; que reflejan más la soledad y la crisis individual de BT que la formación de su elaboración teórica y su práctica, que están definidas mejor en sus ensayos y artículos. Es sin embargo saludable que, aunque la propuesta viniera de la familia, sea Ediesse, casa editorial de la CGIL, y no una empresa ajena, quien publica el libro tomándolo con naturalidad como un testimonio personal que forma parte de la historia reciente de la CGIL, sin ser, está claro, una historia oficial.

    Por mi parte, creo que Trentin nos deja un relato de indudable interés biográfico, histórico y político. Recibí el libro el pasado 13 de julio de 2017 en un acto en recuerdo de BT organizado en Bruselas, en la sede del CESE[1], por la Fundación Giuseppe Di Vittorio dirigida por Fulvio Fammoni. Después de leerlo, y para que no se me escapasen las primeras sensaciones, muy fuertes, empecé a tomar notas y a escribir este trabajo durante el mes de agosto. Me serviré pues de su libro póstumo, pero también de otros textos, para dar un repaso a su trayectoria y para resaltar la herencia trentiniana aún fresca y todavía útil más allá de las fronteras italianas

    Aparecen en los diarios casi todos los frentes que envolvieron al hombre político y secundariamente, pero de forma persistente, su vida privada, sus ansiedades y su estado de ánimo. Pocas veces se mencionan en las notas acontecimientos ocurridos fuera de los años en que fueron escritas, pero, con la ayuda de las introducciones de Iginio Arienma a cada capítulo señalaré hechos anteriores para comprender mejor al protagonista en todo su recorrido y para hacer comprensibles algunas páginas de los diarios. Puede que muchas de las 510 páginas del libro de BT no sean de gran interés para quien desconozca los entresijos políticos y sindicales italianos. Por ello trataré de detenerme solo en los pasajes que considero más importantes o más comunes con la política española.

    Sumaré algunos de mis propios recuerdos de Trentin, especialmente en relación con España o con el sindicalismo europeo. Lo conocí o, mejor dicho, lo vi y escuché por primera vez en 1977, en una conferencia de la FLM en Florencia, pero realmente solo pude conocerle y tratarle con cierta frecuencia cuando ya era secretario general de la CGIL y en los años posteriores. En abril de 2000 (Durban, congreso de la CIOSL) le entrevisté, y aludiré a esa entrevista en el apartado sobre la FLM.

    Al refrescar el marco político-sindical italiano se abarca también el europeo. En ambos Trentin defendió sus ideas durante años “con la furia de un muchacho”[2] y desde luego, por mi parte, este apunte divulgativo es un sentido homenaje en el décimo aniversario de su desaparición. Hablaré de un militante extraordinario que con 15 años ya fue detenido en Tolosa (Toulouse, Francia) por la policía del gobierno colaboracionista de Vichy; del joven que con 16 años entró por primera vez en Italia junto a su padre, Silvio Trentin, dirigente del Partito d’Azione (exiliado trás las leyes fascistas de Mussolini) y que a los 17, comandaba una brigada partisana de Giustizia e Libertà. Hablaré de quien durante largos años trabajó en tareas políticas y sobre todo sindicales tanto en la FIOM metalúrgica como en la CGIL confederal; de un sindicalista y de un pensador siempre solicitado por universidades, revistas y periódicos para seminarios, entrevistas o artículos; que nunca paró de poner sus reflexiones por escrito produciendo libros muy influyentes como, por ejemplo, La città del lavoro[3] que traduciría al castellano José Luis López Bulla, figura muy conocida del sindicalismo catalán y español y maestro en “trentinismo”. También hablaré del dirigente que al “liberarse” del cargo de secretario general, donde había sufrido decepciones y dolorosas tensiones, emprendió otra etapa de intenso trabajo como eurodiputado, entre 1999 y 2004, con los Demócratas de Izquierda (DS) y, todavía, al terminar su mandato, fue presidente de la comisión del programa de ese partido hasta su muerte en 2007, por las secuelas de un accidente de bicicleta.

    Una anécdota puede formar un carácter: estando detenido en la cárcel en Francia, recibió la visita de su madre, quien, de entrada, le dio una sonora bofetada por su arresto, que él mismo reconocería que, en parte, fue causado por un deseo temerario de imitar/superar al padre ya integrado en el maquis francés. La madre después del sopapo dijo al oído del chico: “si das el nombre de tu padre te mato”. BT, se sintió dolido, pero con los años recordaría el episodio como uno de los más bellos de su vida[4]. Antaño se consideraba que una guantada materna a tiempo evitaba muchas tonterías.

    Acto en recuerdo de Bruno Trentin en el CESE (Bruselas, 13-07-2017) Iginio Arienma, Pierre Héritier, Georgios Dassis, Fulvio Fammoni y Susanna Camusso

    Si hay algo que puede apreciarse en los diarios es la frenética actividad que llevaba a cabo BT. Eso le causaba en los años en que lideró la CGIL una tremenda fatiga física y mental, especialmente durante los numerosos viajes al extranjero, porque eran muchos días hurtados a la familia y a la montaña, en la que buscaba refugio y disfrute. Muchas veces cuando se habla de un dirigente sindical (sobre todo en estos tiempos) se piensa en un burócrata al que se le supone un trabajo relajado y esa imagen alejada de la realidad en la mayoría de los casos, desde luego lo era en el que estoy contando. Si burócrata es el que se repantinga en un despacho, Trentin no creo que parara mucho en el suyo de la sede romana de la CGIL en Corso d'Italia. Se reunía con compañeros en todo el país, hacía asambleas en fábricas, negociaba en los ministerios, iba a congresos dentro y fuera de Italia, discutía con líders políticos, parlamentarios, periodistas, recibía a estudiantes, y escribía mucho. No paraba.

    Otra cosa que impresiona en los diarios es el número, variedad y calidad de sus lecturas que anotaba en sus cuadernos. Leía continuamente libros de historia, política, filosofía, sociología, novelas… y estuviera donde estuviera, pese al cansancio y a la pesadez de las obligaciones del cargo de secretario general.

    Confieso que me ha chocado descubrir con la lectura de Diari 1988-1994 que aquel hombre habitualmente serio pero afectuoso y sin altanería; polemista y dialéctico pero ajeno al cuerpo a cuerpo personal, vierte en la intimidad de sus cuadernos comentarios descarnados, mordaces, y reparte leña a diestra y siniestra (en este caso a sinistra) sobre enemigos, adversarios y camaradas de partido o sindicato.

    Desde mi juventud seguí con admiración el largo proceso unitario sindical italiano. Por mi condición de trabajador de Fiat Hispania, viajé a Turín entre los años 1971 y 1975 (por cierto que allí conocí a Iginio Arienma, su futuro biógrafo, cuando era el joven secretario provincial del PCI) y presencié la ebullición sindical surgida de los rescoldos del “autumno caldo” (otoño caliente) de 1969. Tal vez por esa querencia al sindicalismo italiano, en general no me sentí cómodo leyendo algunos juicios muy severos de BT sobre los dirigentes de otros sindicatos o de otras tendencias que se oponían a sus posturas. Quienes han publicado este libro explican esa dureza por el momento y forma en que fue escrito: como una especie de desahogo en privado contra ataques públicos que él, o su organización, habían recibido.

    Está fuera de duda que la unidad era inherente al pensamiento y a la acción de BT hasta el punto de que, como se dirá más adelante, para preservarla, sacrificó en un momento dado sus propias posiciones, a costa incluso de su dimisión

    Iginio Arienma en la introducción a Diari 1988-1994duda de que Trentin los escribiera con ánimo de publicarlos y cree más probable que fueran notas para sus propias reflexiones o para utilizar en investigaciones y artículos. Por su parte, Marcelle Padovani dice en una nota preliminar que no se sabe cuál era el deseo de BT, pero que le había dejado a ella, su mujer, la decisión, y que después de pensarlo mucho había aceptado que se publicaran parcialmente: No ha sido una decisión fácil porque son seguramente los años más difíciles de su vida, los más tensos y los más ásperos. Bruno Trentin, en esos años, añade Padovani, significativamente, notaba bruscamente la propia soledad; una soledad atravesada por una triple crisis: política (en el interno y en el exterior del sindicato), existencial (con depresiones recurrentes) y crisis en nuestras relaciones (que por fortuna se resolverá positivamente). Ariemma y Padovani coinciden en que lo que más importa de estos textos es que podrán hacer más comprensible la figura, la personalidad y la importancia de Trentin para el sindicalismo italiano y europeo. También en mis recuerdos de BT prevalece, además de la evidencia de su cansancio físico, su sonrisa amistosa que realzaba el encanto y nobleza de su rostro. Ariemma escribe que le falta su sonrisa, de la boca y de los ojos, con la cual, mudo y casi inmóvil, fuerte y siempre recto como los árboles de sus montañas, me acogía en el hospital[5].

    Pienso que los sucesos y opiniones que aparecen en los diarios no están muy lejos de lo que hemos vivido en España y en el movimiento sindical en particular, y en ese sentido espero que este artículo sea una pequeña contribución al mayor conocimiento de la figura de BT en España. El “reformismo atípico”, el programa del “sindicato de los derechos” y la concepción de la “democracia desde abajo” que propone Trentin no son recetas locales sobre problemas pasados. En este sentido se expresaba Susanna Camusso, actual secretaria general de la CGIL, en el acto mencionado de Bruselas: Las cosas que escribió en esos tiempos hablan de la Europa de hoy en día, de los problemas y las soluciones no encontradas entonces y por tanto todavía ahora representan problemas que siguen sin resolverse.

    La globalización es el factor determinante de la crisis y de la decadencia, quizás irreversible, del sindicalismo en general y en particular del sindicalismo de tipo más político como el que se desarrolló en determinados países europeos: Italia, Francia, Bélgica, Portugal o España. En el mundo postindustrial, los sindicatos históricos de clase están pasando una dura prueba en parte por su originario papel de defensa del interés general por encima de cualquiera de los corporativismos, incluido los de la clase obrera, y sin duda también por sus propios errores organizativos y políticos.

    La crisis sindical tiene que ver con la complejidad de los problemas sin precedentes que debe abordar el movimiento sindical y de eso era muy consciente Bruno Trentin: …a causa de la crisis irreversible de los sistemas fordistas de producción que han dominado, y siguen dominando, las culturas políticas del mundo empresarial y de toda la izquierda, y de la globalización de la economía, nos hemos visto enfrentados a vertiginosas transformaciones del mercado laboral y de los contenidos mismos de las relaciones laborales.[6]

    Trentin, secretario de urgencia

    Los diarios arrancan con la crisis de la dirección de la CGIL que llevó a la dimisión de Antonio Pizzinato como secretario general y a su sustitución por Trentin, el 28 de noviembre de 1988, cuando tenía 62 años. A este crucial episodio no dedica mucho BT pero describe el ambiente conspiratorio, al que se declara ajeno, y los ataques insidiosos contra Pizzinato, cuya defensa también le parece trágicamente débil.

    Antonio Pizzinato solo lideró la CGIL durante dos años, tras sustituir a Luciano Lama, que lo hizo durante dieciséis (1970-1976). Los dos pesos pesados del secretariado de Lama eran miembros del PCI[1]: Sergio Garavini, considerado oficialista de la línea del secretario Enrico Berlinguer, y Bruno Trentin, proclive a la “izquierda sindical” y a la izquierda del partido. Con ambos tuvo Lama larga colaboración pero también desencuentros y tal vez por ello optó por promover a Pizzinato, dirigente regional de la Lombardía, solución que Trentin aceptó, pese a que él, por su mayor prestigio interno y externo, parecía el lógico sucesor de Lama.

    Un largo ciclo de convulsión se estaba enunciando en Italia y en el mundo. El gobierno del arrogante Craxi estaba aún en su esplendor; en junio terminó en el PCI el interinato de Alessandro Natta tras la muerte prematura del muy querido secretario Enrico Berlinguer y el nuevo, Achille Occhetto, entre fuertes resistencias, pondría rumbo a lo que se llamó “la cosa”: el cambio de nombre, de los símbolos y de la raíz ideológica del partido de “Gramsci, Tolgiatti, Longo, Berlinguer”; en la URSS estaban en marcha las reformas liberalizadoras con la “Perestroika” y la “Glásnost” impulsadas desde 1985 por Mijail Gorvachov; el muro de Berlín que caería en noviembre de 1989 estaba ya agrietándose. En la CGIL, como en tantos sitios, se interrogaban sobre qué hacer y no era fácil acertar. A Pizzinato, un hombre de reconocida honestidad, pero con poca fuerza propia, le pesó la herencia de Lama y no pudo hacerse con las riendas del sindicato.

    La CGIL había sido fundada por el acuerdo de todos los partidos antifascistas (Pacto de Roma, 1944) y fue inicialmente una central unitaria

    Desatada la guerra fría se produjo en 1947 el abandono de democristianos, de republicanos y socialdemócratas y de una parte de los socialistas; después estas tendencias crearían la CISL[2] y la UIL[3]. Durante la corta etapa de unidad orgánica los comunistas eran la componente mayoritaria de la CGIL, pero los católicos y los socialistas también tenían fuerza y arraigo sindical. En los primeros años de la república muchos jóvenes se incorporaron al sindicato desde los partidos políticos de la resistencia y, como Trentin, algunos de los nuevos dirigentes no eran obreros sino universitarios.

    No había existido durante el fascismo italiano una práctica sindical tan abierta como la que hizo Comisiones Obreras en el franquismo y tal vez por ello no tenían en la dictadura líderes sindicales reconocidos públicamente del nivel de los Camacho, Ariza, Sartorius, en Madrid, de Saborido y Soto en Sevilla, etc.

    En la víspera de la Liberación –que en algunas zonas llegó antes de abril de 1945–, y aún después, los embriones de los sindicatos eran una expresión más del Comité de Liberación Nacional (CLN) de la resistencia. Había que reconstruir todo, y una parte de esos partisanos fogueados en la lucha fueron “destinados” al sindicato. Los que tenían formación académica iban a sus gabinetes técnicos o de estudios y algunos eran cooptados enseguida como dirigentes y más tarde electos.

    Luciano Lama en aquellos primeros años militaba en el partido socialista, y cuenta que al liberarse la ciudad de Forli (Emilia-Romagna), al PSI “le tocó” en el reparto la Cámara del Trabajo (la unión sindical local) y él fue el encargado de dirigirla: Francamente del sindicato sabía solo lo que las publicaciones clandestinas habían escrito sobre el Pacto de Roma firmado el 9 de junio por comunistas, socialistas y católicos. Aquel encargo para mí era una simple continuidad de la actividad partisana tanto es así que continuaba a llevar mi pistola[4]. El sindicato era entendido como una palanca política de la clase obrera en reconstrucción y no solo como una simple asociación obrerista.

    Lama, antes de ser secretario general de la CGIL, lo fue de la federación de químicas entre 1952 y 1957, y de la federación del metal, entre 1957 y 1962. Durante muchos años fue habitual que los dirigentes sindicales italianos pasaran de una rama a la otra o de ésta a una unión territorial de una provincia o región distinta de la suya, y esa práctica de rodaje de cuadros por los distintos espacios sindicales forjaría grupos dirigentes en sentido amplio con capacidad, por el conocimiento de toda la organización, de asumir después responsabilidades en la cúpula. Trentin no tuvo movilidad de una rama a otra, pero sí de ida y vuelta entre la confederación y el metal.

    En Comisiones Obreras tuvimos como referencia a Italia en muchos aspectos, sobre todo en los inicios tras nuestra legalización Pero no en todos, como por ejemplo en lo referente a la incompatibilidad de cargos sindicales y políticos, que tardamos más en adoptar.

    Las incompatibilidades estaban previstas desde la clandestinidad figurando en uno de los documentos de la 1ª Asamblea Nacional (junio de 1967)[5], pero no se adoptaron al legalizarnos como sindicato y en 1977 fueron electos diputados a Cortes los dirigentes de CCOO Marcelino Camacho (PCE), Cipriano García y Juan Ramos (ambos del PSUC) que mantuvieron sus puestos sindicales. Otros lo fueron después en parlamentos autonómicos. El argumento/excusa fue que era bueno que en las primeras leyes laborales estuvieran los trabajadores. Es cierto que Marcelino y Cipriano se batieron duro en la discusión del Estatuto de los Trabajadores en 1979, pero también que de ahí, además de una ley que no nos gustó, salió tocada la relación entre Camacho y Carrillo y entre CCOO y el PCE.

    Cuando se introdujeron las incompatibilidades en el segundo congreso en 1981 se entendió más como una consecuencia de ese conflicto que como una recuperación de los principios.

    Otra diferencia con los italianos, al menos con la CGIL, se ve en la organicidad del sindicato, que ellos entienden como una organización única, nacional, donde las demás estructuras son una subdivisión operativa, más allá de su autonomía en la acción sindical y de las consiguientes y lógicas discrepancias puntuales entre las federaciones y la confederación.

    La movilidad de los dirigentes de una estructura regional a otra o de una rama a la otra ha muy rara en CCOO exceptuando, claro, cuando se debía a un cambio de empresa. En la CGIL era normal que una organización regional o de rama pidiera a la confederación que le enviara un cuadro de prestigio sin importar su procedencia para reforzar algún puesto, incluido el de secretario general, pero eso en CCOO hubiera sido piedra de escándalo.

    Lo mismo puede decirse en cuanto a las negociaciones en las más grandes empresas (como FIAT) o en sectores industriales especiales donde las confederaciones italianas han participado directamente. Pese a que ambos sindicatos hemos compartido en lo esencial las tradiciones y los valores del sindicalismo confederal, coincidiendo en la unidad “política” del sindicato, puede decirse que en el plano organizativo los italianos han puesto por delante el “sindicato general” y nosotros el “descentralizado”, especialmente hacia los territorios pero también hacia las federaciones.

    Sin duda hay puntos muy importantes donde CCOO y CGIL (y podría decirse también de CISL, UIL, UGT y USO) hemos coincidido plenamente, como el europeísmo crítico, del que hablaré más adelante, o la lucha contra el terrorismo. En España, los sindicatos tuvimos que defender con firmeza –y en condiciones muy comprometidas nuestros compañeros vascos– la democracia frente a la ferocidad delirante del yijadismo nacionalista de la ETA. Mientras tanto en Italia, durante los llamados “años de plomo”, los sindicatos fueron igualmente bastiones en las fábricas y en las calles contra el terrorismo neofascista -Ordine Nuovo, Ordine Nero, etc.- y contra el terrorismo “de izquierdas” de las Brigadas Rojas, a las que el líder comunista Giorgio Amendola, definió como “fascismo rojo”.

    Hay que decir que Amendola, considerado el líder del ala moderada del PCI, opinó en una ocasión que los sindicatos no estaban haciendo suficiente en la lucha antiterrorista pero el secretario de la CGIL Luciano Lama, dándole la razón en otros aspectos, rechazaba esa crítica: Esta acusación, al menos, el sindicato no la merecía; si el mundo del trabajo no se hubiese empeñado incondicionalmente contra el terrorismo, no sé cuál habría sido el destino de este país.[6]

    Volviendo a nuestro personaje, al terminar la guerra, Trentin prosigue la militancia en el Partido de Acción[7] hasta que este desaparece en 1947. Poco después de graduarse en la universidad de Padua, descartó una oferta para trabajar en el gabinete de estudios de la Banca Commerciale. Aceptó en cambio la llamada de Vittorio Foa (otro miembro prestigioso del disuelto Pd’A) para ocupar un puesto en el departamento de estudio de la CGIL dirigida por Giuseppe Di Vittorio: Escogió sin dudarlo esta segunda convirtiéndose poco a poco, en la escuela de Di Vittorio, en uno de los más prestigiosos líderes sindicales[8].

    Cuando, casi cuarenta años más tarde, llega a la máxima responsabilidad en la CGIL, Trentin no se siente especialmente ilusionado: De un lado, ciertamente, la sensación fría de un acto de justicia respecto a las bajas maniobras de Lama y compañía antes del último Congreso. Del otro lado, muchas dudas sobre la posibilidad de contribuir de modo eficaz a curar al enfermo… Desde que asume la secretaría general, se emplea a fondo para que la CGIL salga de su ensimismamiento y se renueve de raíz; para que fortalezca su unidad interna acabando con las guerras de bandas, única forma de alcanzar un mínimo de unidad de acción con las otras centrales.

    Muestra su irritación cuando se ponen obstáculos a las propuestas de saneamiento que lleva a los órganos de dirección y en los cuadernos desprecia a los que introducen nuevas divisiones. Como el maniobrero Fausto Bertinotti, líder de la corriente izquierdista Essere Sindacato (apodada por BT “la Armada Brancaleone”), a quien cita en 56 ocasiones y en la mayoría para ponerlo a caldo. Se desespera con él pero también le toma un poco el pelo: el genio político de Bertinotti no conoce límites. En una ocasión duda entre la risa o el llanto: No sé si prevalece en mí las ganas de reír frente a la deriva grotesca de su aventura intelectual o el disgusto que siento por el evidente cinismo que domina ya su comportamiento, por su deliberada elección de concurrir, con cualquier aliado, a destruir esta CGIL para que sobreviva (no para que triunfe, claro) su partidito en el mercado político del cual quiere “una cuota”.

    En ocasiones, pocas, BT valora bien las posiciones de Bertinotti, pues contrarrestan las de la corriente socialista dirigida por Ottaviano Del Turco, secretario general adjunto de la CGIL. Pero la creación de Essere Sindacato, en 1991, poco después de que BT lograra la autodisolución de las corrientes políticas en la CGIL –incluida la comunista mayoritaria– golpeaba una de sus reformas internas estratégicas. Veía en Essere Sindacato una operación política al servicio del nuevo partido de la Rifondazione Comunista que iba a trasladar a la CGIL los problemas de la transformación del Partido Comunista Italiano (PCI) en Partido Democrático de Izquierda[9] (PDS) emprendida por Achile Ochetto.

    Hace notar BT su disgusto por la bendición a Bertinotti del líder histórico de la izquierda del PCI Pietro Ingrao, amigo personal a quien respetaba mucho y al que estuvo muy vinculado políticamente, si bien no fue un ingraiano puro, pues, al decir de algunos, Trentin solo fue trentiniano, en el partido y en el sindicato. El liderazgo de la corriente sindical le sirvió a Bertinotti para pasar a jefe del partido de Rifondazione y convertirse en un asiduo a los platós de televisión o al Foro Social Mundial (FSM) de Portoalegre donde lucía su imagen de elegante radical junto a otras estrellas “altermundialistas” como Bové, Cassens, Agnoletto... El FSM se agotó de tanto bla, bla, bla, y ya nadie habla de él, mientras su rival, el foro económico neoliberal de Davos, sigue activo en la agenda internacional.

    Bertinotti con su populismo de izquierdas –el de derechas lo ejercería a partir de 1994 Berlusconi– condujo con altibajos RC hasta el descalabro electoral, pero “sempre avanti”. Pasó a Rifondazione lo que a nuestra Izquierda Unida, que quedó en barbecho tras el paso triunfal (por el reino de las dos orillas) del profeta integrista cordobés Julio Anguita. Dicen que ahora el pobre Cayo Lara, exlíder de IU, como Boabdil el Chico, llora, a buenas horas, por haber entregado sin disparar ni un perdigón lo poco que quedaba de aquel buen proyecto de la izquierda española.

    Encuentro un cierto paralelismo en el papel de cirujanos de la autonomía sindical de Bruno Trentin y Antonio Gutiérrez. Ambos tuvieron que romper amarras políticas en aquellos años con los partidos más o menos hermanos para evitar que su descomposición desangrara al sindicato

    A BT le indignaba el empecinamiento de muchos compañeros de la CGIL en poner los intereses personales o de grupo delante del proyecto general, y en ello incluye reiteradamente a Ottaviano Del Turco. Poco a poco, la crítica a Ottaviano –como suele citarlo–, a quien conoce de antiguo pues ambos pasaron por la FIOM metalúrgica, se hace más dura: Miseria de Del Turco que continúa, después de veinte años de trabajo sindical, sin comprender literalmente nada, también por pereza intelectual, de relaciones laborales y de negociación colectiva, que juega todo el patrimonio que puede invertir, incluso “esta” CGIL, para consolidar su aventura personal dentro del PSI y dentro del movimiento sindical italiano. Por eso en algunas de sus notas BT mete en el mismo saco a los líderes de las dos corrientes contrapuestas, izquierdista y socialista, por rebelarse con todos los medios incluso los más degradantes contra la “nueva” CGIL.

    Encuentro un cierto paralelismo en el papel de cirujanos de la autonomía sindical de Bruno Trentin y Antonio Gutiérrez. Ambos tuvieron que romper amarras políticas en aquellos años con los partidos más o menos hermanos para evitar que su descomposición desangrara al sindicato.

    Separar a dos hermanos, siameses en muchos sentidos, es una operación altamente arriesgada y dolorosa, pero la degeneración del PCE desde el eurocomunismo al fundamentalismo y la eutanasia del PCI, no aceptada por todos, obligaba a ello. Otra cosa es si la operación se llevó de la mejor manera en todas sus fases. En la CGIL pienso que fue más suave y menos traumática que en CCOO donde a la mayoría confederal y al sector crítico nos sobró dureza y nos faltó cintura en algunos momentos. Ya se sabe lo que dijo Andreotti de la política española: manca finezza (falta finura). En la CGT francesa Louis Viannet, y sobre todo Bernard Thibault hicieron el mismo giro, como también lo intentó Manuel Carvalho Da Silva en la CGTP de Portugal.

    Fuera de la CGIL también censura BT a los dirigentes de CISL y UIL a quienes veía incapaces política e intelectualmente de justificar el acercamiento a la Confindustria (la patronal) y a los gobiernos y sus ataques a la CGIL. Engloba en su juicio a los tres últimos secretarios de la CISL. Carniti, Marini y D’Antoni: …un grupo dirigente que siempre necesitaba afirmarse a sí mismo como una alternativa, no a la patronal y mucho menos al gobierno sino a las otras organizaciones sindicales y sobre todo a la CGIL.

    Sin embargo, en los propios diarios se comprueba sus esfuerzos por mantener una relación franca con sus socios sindicales de CISL o UIL. Esta cita de Franco Bentivogli dirigente de la CISL, en un homenaje a BT, es significativa aunque advierte que hay que evitar “monumentos y estampas” y que caminar con Trentin no era siempre fácil: Bruno era persona profundamente leal; de frente a los problemas se situaba siempre con corrección y objetividad. Si de un lado defendía con fuerza las propias posiciones, del otro era abierto a la comprensión de las ideas y razones de sus interlocutores. Además estaba imbuido de una concepción ética del sindicato, era muy severo con cualquier forma de sectarismo y de incorrección…[10]

    La FLM. El sindicato de los consejos

    Aunque la etapa de la creación de la FLM (federación de los trabajadores metalúrgicos) y de las demás federaciones unitarias como la FULC de los químicos, etc., es anterior a la relatada en Diari 1988-1994, hay que rememorarla para medir la proyección de la figura de BT y valorar el peso que tuvo la FLM en las relaciones laborales en su fase expansiva y también las repercusiones de su extinción. Bruno Trentin, además de ser uno de los líderes del llamado segundo “bienio rojo”[1] de 1968-1969, es considerado el teórico del sindicato de los consejos surgido en aquella efervescencia de las luchas, que culminaron en el famoso “autunno caldo” (otoño caliente) del 69. Su liderazgo fue indiscutible sin merma del papel que también jugaron los líderes de las otras federaciones metalúrgicas, Carniti y Benvenuto, y quienes tomarían el relevo de ellos: Pio Galli, Franco Bentivogli y Enzo Mattina.

    Antonio Lettieri, quien fuera dirigente de la FIOM y de la CGIL, señala como un factor importante en el proceso unitario la existencia de un sector cristiano de izquierdas liderado por Pierre Carniti: Desde este punto de vista, hay que decir que Trentin tiene la fortuna de contar con los cambios profundos culturales y políticos que se estaban dando en la izquierda de la CISL en las fábricas del norte, y especialmente con el papel que juega en Milán un joven dirigente de la CISL, Pierre Carniti. A partir de aquí comienza el largo camino del nuevo modelo de unidad, que al final de la década conducirá a la construcción del FLM. (Entrevista en Il Manifesto, 23 de septiembre de 2007). En Diari 1988-1994 las opiniones que anota BT sobre Carniti son casi todas de discrepancia. Las cosas habían cambiado mucho.

    En el “bienio rojo” de 1968-1969 hubo en paralelo grandes luchas de estudiantes y de obreros; puede decirse que en el primer año de 1968 resaltaron más las huelgas y acciones en las universidades e institutos, mientras que en 1969 fueron los sindicatos quienes protagonizaron las luchas que paralizaron el país. Algunos analistas pretenden presentar aquel “otoño caliente” de 1969 como un movimiento espontáneo impulsado por grupos radicales “autonomistas” con el propósito de disminuir el papel de los grandes sindicatos, pero la fuerza que estos adquirieron en esos años desmiente por sí sola esa versión.

    También en España revisionistas de la historia (no solo desde la derecha) intentaron colar que el movimiento huelguístico desatado a la muerte de Franco, especialmente en la llamada “galerna de huelgas”, de diciembre del 75 y enero-febrero del 76, fue espontáneo. Basta con leer el comunicado del secretariado general de CCOO del 17 de noviembre de 1975, tres días antes de la muerte de Franco, en el que se llama a desencadenar una ofensiva para impedir la solución continuista, para saber que mienten. También bastaría con verificar a qué organizaciones pertenecían la gran mayoría de los centenares de obreros detenidos en esas fechas.

    En Italia las huelgas eran continuas en las grandes fábricas como la Fiat, Alfa Romeo, Magneti Marelli… Entre septiembre y diciembre del 69 la cuestión social explotó con una fuerza enorme sobre todo en el norte, en Milán, Turín. Se estaban negociando al mismo tiempo la mayoría de los convenios colectivos que afectaban a cinco millones de trabajadores de la industria, de la agricultura y de otros sectores y los sindicatos hicieron accionaron sus fuerzas al unísono. En el fragor de la luchas o al final de ellas se firmaron los convenios principales y se alcanzaron muchos avances cuantitativos y cualitativos en los salarios, la jornada de cuarenta horas, el derecho a hacer asambleas en horario laboral, etc. En esa ola se aprobó en 1970 la ley del Estatuto de los Trabajadores que plasmaba muchas de las reivindicaciones y conquistas laborales. Y en ese impulso se formaron también los consejos de fábricas.

    Hasta entonces el sistema de representación obrera en las empresas era a través de una Comisión Interna elegida por listas presentadas por los diferentes sindicatos por el sistema proporcional. Cuando se crea la FLM en 1973 –en la práctica ya venía funcionando desde unos años antes– esta no establece una sección sindical en cada empresa, sino que considera que los consejos de delegados son su base orgánica. Estos consejos habían elegido por el impulso del movimiento. Con un elevado nivel de afiliación a las tres integrantes (FIOM, FIM y UILM), de 1.100.000 trabajadores (se permitía también la posibilidad de afiliarse directamente a la FLM), y no habiendo en la rama otra organización sindical, salvo muy minoritarias como la CISNAL neofascista y algunos autónomos, una sección de afiliados hubiera sido redundante y repetitiva del consejo electo por toda la plantilla.

    Había además una diferencia cualitativa muy importante: un trabajador no afiliado que resultara elegido delegado tenía la posibilidad y el derecho de participar en las elecciones y votaciones de la FLM. Aunque no fuera frecuente, simbolizaba la apuesta decidida por la unidad orgánica y entendida no solo como fusión de las cúspides, sino como una unidad desde abajo que abarcaba a todos los trabajadores.

    Nunca llegaron a disolverse las tres federaciones componentes de la FLM, aunque ese fuera el objetivo final, pero en la fase más dinámica de la FLM el grueso de la acción se decidía en la estructura unitaria FLM. Las Federaciones FIOM, FIM y UILM mantenían un funcionamiento propio para poder mantener el hilo orgánico con sus tres confederaciones CGIL, CISL y UIL en los distintos niveles, nacional, regional, provincial y local.

    La FLM tenía la estructura propia de una organización única con algunas limitaciones: un mismo secretariado y un solo responsable de departamento o área, pero cada federación elegía un tercio del secretariado y al frente no había un secretario general sino tres y tres responsables de organización que eran los de FIOM-CGIL, FIM-CISL y UILM-UIL. Los cuatro convenios nacionales metalúrgicos eran negociados por la misma comisión deliberadora de la FLM con las patronales respectivas: Confindustria (sector privado), Intersind (industria pública), Confapi (pequeña empresa) y con varias asociaciones el convenio de la empresa artesanal. La FLM tuvo un fuerte impacto en el marco internacional tanto por la afiliación a la Federación Europea del Metal (FEM) como por la dimensión de su solidaridad internacional con Chile, España, Sudáfrica y otras partes.

    La aceptación de la FIOM en la familia sindical europea dominada por el sindicalismo libre de la CIOSL significaría el primer paso hacia la superación en Europa del sindicalismo internacional de la guerra fría. Igualmente, la unidad de acción CGIL-CISL-UIL facilitaría el ingreso de la CGIL en la CES en 1974 pese a la oposición de la DGB alemana. Tardarían más en superarse los vetos a la entrada en la CES de CCOO (1990), de la CGTP portuguesa (1995) y de la CGT francesa (1999).

    La aceptación de la FIOM en la familia sindical europea dominada por el sindicalismo libre de la CIOSL significaría el primer paso hacia la superación en Europa del sindicalismo internacional de la guerra fría. Igualmente, la unidad de acción CGIL-CISL-UIL facilitaría el ingreso de la CGIL en la CES en 1974 pese a la oposición de la DGB alemana. Tardarían más en superarse los vetos a la entrada en la CES de CCOO (1990), de la CGTP portuguesa (1995) y de la CGT francesa (1999)

    El trabajo internacional de la FLM lo dirigía Alberto Tridente, de la FIM-CISL, con un adjunto de la FIOM-CGIL, Bruno Sacerdoti, y con relación a España desplegaron un fuerte apoyo sobre todo a CCOO y a la USO. En 1976, cuando las Comisiones Obreras, en vísperas de la libertad, pusieron en marcha su Federación del Metal, la FLM fue su modelo a imitar, aunque las circunstancias no eran las mismas en cuanto a la unidad con UGT. Algunas de las formas organizativas adoptadas en CCOO-Metal como las coordinadoras de sectores y subsectores, la secretaría de política industrial o la previsión en el convenio del descuento de la cuota en nómina, se copiaron de Italia.

    La cuasi unidad orgánica metalúrgica estaba a la espera de que se acompasaran los procesos unitarios de rama (no solo del metal) y de las tres confederaciones que también habían puesto en marcha una unidad más limitada: En definitiva se trata de un estado bastante avanzado de unificación, que está a la espera de que las tres confederaciones que actualmente forman la llamada “Federación CGIL-CISL-UIL” salga de su actual fase bastante más atrasada que el metal y otras ramas, para constituirse definitivamente la FLM como única estructura metalúrgica.[2]

    Esta doble velocidad crearía tensiones entre los metalúrgicos y sus confederaciones, y también los partidos se pronunciaron en el debate sobre el alcance y las formas de la unidad, que pocos negaban como fondo, pues al fin y al cabo estaban bastante relacionados con el movimiento sindical. El PCI tenía además algunas reservas sobre la política salarial de la FLM, especialmente durante el periodo de apoyo externo comunista al gobierno Andreotti (1976-1978), ensayo mínimo y frustrado de “compromiso histórico” que recibió la puntilla tras el secuestro y asesinato de Aldo Moro en 1978.

    Señalaban desde el PCI el riesgo de corporativismo que entrañaba el poderío de la FLM en detrimento de la CGIL, como puede verse en este artículo del dirigente comunista Gerardo Chiaromente: La presiones hacia el “igualitarismo” (tal como se reconoce ya de forma generalizada) han sido excesivas. La política seguida hacia los empleados, los técnicos, los cuados intermedios, no siempre ha sido justa. Y aumentan entre tales ramas los peligros de tensiones antiobreras y antisindicales. (…) cuanto ocurre en las relaciones entre la Federación CGIL-CISL-UIL y la FLM (donde a menudo no se consigue alejar la sensación de que existen dos centros de dirección del conjunto del movimiento sindical).[3]

    BT no negaba las diferencias con el Partido en este tema: La dirección del PCI fue bastante crítica con la FLM por su postura de autonomía con relación a las confederaciones y a los partidos. Cuando decidimos la elección de los delegados de los consejos de fábrica (candidaturas abiertas) condujo una dura batalla en defensa del viejo modelo de representación, el de la comisión interna elegida por listas cerradas.[4]

    Bruno Trentin se manifestó reiteradas veces contra el riesgo del pansindicalismo en la FLM, criticando la mitificación elitista de la democracia directa, de la autonomía social o de la huelga general, pero reivindicaba que el sindicato era un sujeto político y por ello era imprescindible “superar progresivamente la arcaica división de las esferas de competencias entre partidos y sindicatos”.

    Para encauzar el sindicato unitario se adoptó un estricto sistema de incompatibilidades entre los cargos sindicales y los cargos en partidos políticos o en parlamentos y órganos de gobierno, que reflejó tensiones entrecruzadas. Las incompatibilidades estaban muy vinculadas a la idea de la unidad sindical. En la misma CGIL, el secretario general, Agostino Novella, no estaba muy convencido de las incompatibilidades, aunque lo aceptó poco antes de dejar la secretaría a Luciano Lama, con quien polemizó sobre esto en el congreso confederal de 1969: Pero la sustancia de la confrontación, particularmente dura en ese congreso era sobre la perspectiva de la unidad sindical: Novella no estaba en contra pero temía que (las incompatibilidades) fuera un paso excesivo. También para mí había exageraciones en aquel mecanismo de incompatibilidades, pero era el precio a pagar.[5] Trentin fue coherente en ese punto. Habiendo sido elegido diputado comunista en 1996 dimitió del escaño antes de finalizar la legislatura para acelerar la adopción de las incompatibilidades.

    Con la ruptura en los años ochenta, las tres federaciones, FIOM, FIM y UILM, retomaron el funcionamiento por separado dando fin a la experiencia de la FLM y manteniendo una simple unidad de acción, y a veces ni siquiera eso. La sigla FLM se mantendría algún tiempo más sobre todo de cara a actividades internacionales. Cuando Trentin dejó la FIOM, los siguientes secretarios generales, Pio Galli, Sergio Garavini y Angelo Airoldi, mantuvieron, en otro contexto, la misma línea sobre la unidad, la autonomía y la democracia.

    Airoldi también sería miembro del secretariado de la CGIL, donde fue responsable de varios departamentos (Mezzgiorno, política económica, fiscalidad). Murió en enero de 1999 con 57 años, dos meses después de dejar la dirección nacional para ser secretario de la unión local de Venecia. Fue un dirigente muy querido en la CGIL y apreciado también en CCOO, en cuyo primer congreso de la Federación del Metal, en 1978, representó a la FLM.

    Otro sindicalista que dejó huella en la FIOM fue Claudio Sabattini (fallecido en 2003), que tenía una fuerte personalidad, muy especial, y a quien traté cuando fue responsable de internacional de la CGIL con Trentin de secretario. De aspecto tosco, era algo brusco en el trato político, pero no en el personal –lo recuerdo incluso como un tipo divertido–, y como militante de la sección universitaria comunista había sido en un destacado líder de las luchas estudiantiles de 1968-1969 en Bolonia. De ellas surgirían otros nombres que tendrían después relieve sindical, como Rinaldini, Cremaschi…[6] Después de un grave accidente que le dejó algunas secuelas físicas, Sabattini pasó a trabajar en la FIOM donde antes y después de ser secretario general, ocupó responsabilidades en diferentes regiones. Actualmente una fundación de la FIOM lleva su nombre.

    Un “sindicato general” de programa: el sindicato de los derechos

    Cuando en 1988 Trentin es elegido secretario general junto a las propuestas de renovación y de reforzamiento de la CGIL, de su autonomía y de recomposición de la unidad de acción con CISL y UIL, propone “repensar el sindicato” ante los nuevos procesos que sacuden el país y el mundo. Quiere poner como eje de su identidad y guía de su actuación el programa de lo que dio en llamar “sindicato de los derechos”: La conferencia programática de Chianciano (abril de 1989) es otro de los grandes momentos de su pensamiento e iniciativa. En su informe son muchas las novedades en el análisis y en la propuesta. Ya en su título sitúa el sentido de hacia dónde Bruno quiere conducir al sindicato: «Por una nueva solidaridad redescubrir los derechos, repensar el sindicato». Aquí afronta casi todos los nudos no resueltos de la política sindical: la relación entre desarrollo, naturaleza y medioambiente, la política de rentas, la necesidad de abordar en términos nuevos la negociación, la democratización de la economía y de las empresas. Pero mayormente insiste en dos puntos: el sindicato no debe ostentar que actúa para la clase, debe hacerlo para la persona. En segundo lugar debe hacerse portador de los derechos universales y ser uno de los protagonistas principales de la sociedad civil con su propio programa de sociedad, superando así los límites propios de la política sindical. La autarquía del sindicato y la llamada autonomía de lo social –Trentin lo sabe perfectamente y lo escribe— son algo inconsistente y pueden conducir, en definitiva, a la subalternidad y al maximalismo.[1]

    En los diarios, BT refiere los preparativos y resultados de la importante conferencia programática de la CGIL en Chianciano (Toscana), que se celebró bajo el lema “Por una nueva solidaridad: reencontrar los derechos, repensar el sindicato”. Su informe lo prepara mientras descansa alternando las lecturas y el esquí de fondo en las montañas de los Abruzos.

    En sus apuntes señala entre los temas a tener en cuenta en el programa las raíces de la crisis de solidaridad (el límite del desarrollo y la ecología, el límite del desarrollo y la humanización del trabajo) y la crisis de valores (nueva dimensión de los derechos individuales; derechos colectivos como autorregulación de los individuos). Incluye otros temas importantes en su informe de introducción que tienen que ver con la identidad o definición del sindicato: el sindicato no debe presumir de ser de clase y debe partir en su acción de la persona que trabaja; y en segundo lugar debe hacerse portador de los derechos universales y convertirse en uno de los protagonistas principales de la sociedad civil organizada…[2]

    Después de la conferencia se muestra moderadamente satisfecho: Quizás no ha ido mal en fin de cuentas aunque han emergido enseguida, como era de esperar, todas las contradicciones y las reacciones furiosas de los intereses golpeados o de las ideologías conservadoras puestas al descubierto. En el informe he metido algunas de las ideas que tenía en la cabeza desde hace muchos años y he podido usar el lenguaje de la franqueza sobre mi experiencia de dirigente sindical y sobre el transformismo oportunista que se ha convertido en la prerrogativa de muchos burócratas del sindicato, de derecha y de izquierda. Tal vez se ha desencadenado un primer pequeño cambio.

    En el congreso de la CGIL (Rímini, octubre de 1991) introducirá el concepto de “sindicato general” superador del sindicato ideológico de clase, pero basado también en la solidaridad de todos los trabajadores y por tanto alejado del sindicalismo corporativo. Lo argumenta también por la crisis de representatividad de los sindicatos, que ha sido agudizada por el retroceso de la ideología clasista de la izquierda. Si eso era así a finales de los años ochenta, sin duda la reciente –y persistente– crisis financiera ha alterado con más profundidad las relaciones laborales y ha modificado los sistemas de organización del trabajo o de la formación profesional en gran parte de Europa.

    Durante la crisis se han hecho más violentos los ataques a las conquistas sociales logradas en la posguerra por los partidos socialdemócratas y democristianos y que mejoraron los sindicatos en los años sesenta y setenta. Ahora hay más interrogantes sobre el futuro sindical. Trentin ve más allá de una cuestión nominal la diferencia entre sindicato general y de clase, entendido este como un principio derivado del proyecto histórico del socialismo; la inercia de la definición lastra al sindicato al constreñirlo formalmente a la clase obrera industrial, que ya es solo una parte del conjunto más amplio de las “clases trabajadoras”.

    En CCOO mantenemos estatutariamente ese principio de “sindicato de clase” aunque, en la realidad, solemos entender el sindicato confederal o de clase en el mismo sentido del sindicato general de la CGIL, es decir, como sindicato “de” los trabajadores en general. No debe confundirse en absoluto con el falso dilema, muy presente en los medios de comunicación y en la propaganda patronal, entre sindicato político y sindicato apolítico. El sindicato debería ser cada vez más “político”, es decir, con más capacidad de intervención en el conjunto de los problemas del país, y cada vez más autónomo de los partidos, de los poderes públicos y de los riesgos del institucionalismo.

    Hay que favorecer que los “trabajadores en general” se acerquen a los sindicatos de clase, sobre todo en empresas donde no hay un peso significativo de estos, como en las pequeñas empresas, y no solo en estas. Es cierto que en las elecciones de delegados y comités de empresa en España no surgen sindicatos alternativos a las centrales confederales mayoritarias (tampoco en Italia), pero cada vez es mayor el número de delegados de sindicatos aislados, de sector, de empresa, de profesión o estrato laboral, que crecen a costa CCOO y de UGT (aunque estos conserven la mayoría), especialmente en el sector público pero también en el privado.

    Se trata a menudo de sindicatos (o candidaturas) independientes creados por considerar sus promotores que es la única forma de que los trabajadores, en principio reacios, se agrupen y negocien en determinados colectivos o profesiones. No tienen que ver con los “sindicatos de élite” de pilotos, controladores aéreos, médicos, maquinistas de tren, etc. que se han creado para, de forma egoísta, exigir mejoras o privilegios para su franja. Algunas federaciones o secciones sindicales confederales responden al auge del corporativismo imitando sus peticiones demagógicas en detrimento de los demás trabajadores o de los ciudadanos. Además de erróneo tácticamente, supone una rendición de valores como la solidaridad de clase y de ciudadanía democrática sin los cuales no tiene sentido el sindicato confederal.

    También han aumentado los delegados de grupos sindicales que han surgido de escisiones radicales de CCOO, críticos con la línea confederal o con la actuación del sindicato en una empresa determinada, y esto solo ha aportado una mayor división de los trabajadores en la empresa.

    El sindicalismo confederal, aprovechando el fortalecimiento de las federaciones de rama producido por las fusiones (sin ocultarnos que algunas de estas han venido más por la necesidad de agrupar debilidades que por una apuesta política meditada), está buscando formas de acercamiento al magma laboral donde se desenvuelve ese sindicalismo independiente. Esos grupos y candidaturas representan muchas veces a trabajadores con salarios bajos de los servicios privatizados, de seguridad, limpieza, etc., en empresas donde, por ser casi todas de reciente formación, nunca había estado presente el sindicalismo tradicional. Me parece que esa línea sindical es acertada si además se acompaña de un retorno a prácticas de democracia sindical en desuso; de mayor vinculación de los delegados con los trabajadores y de las direcciones sindicales con los delegados de empresas; de apoyo más activo a estos, no solo en conflictos puntuales, sino de manera regular, proporcionando también una formación sindical adecuada.

    No basta con convocar cada varios meses a los delegados a una asamblea general casi siempre para escuchar a un secretario general hablar en general. Mejor sería convocar asambleas más reducidas, por zonas o grupos de empresas, para temas concretos donde se pueda interrogar a los dirigentes, expresar dudas. Esa tarea es más difícil, pues para convocar una asamblea general basta con un solo envío de cartas por internet para reunir a 300 o 1.000 delegados, que escuchan, aplauden, y gastan 5 o más horas de permiso retribuido, para poca cosa. Las macro-asambleas –costumbre que viene de muy lejos sobre todo en las uniones provinciales grandes– deberían quedar reservadas para pocas ocasiones, y nunca tendrán el mismo valor, a efectos de medir el pulso del sindicato, que un acto convocado fuera de horario laboral.

    Disolución del Partido Comunista y aislamiento de la CGIL

    El cambio del PCI hacia la autodisolución se anuncia el 12 de noviembre de 1989, bajo el impacto de la caída del muro de Berlín pocos días antes, y concluye en febrero de 1991 con la creación del PDS. Trentin lo vive con intensidad y lo refleja en muchas páginas de los diarios. Se alinea con el cambio aunque no de forma acrítica ni incondicional. Arienma rechaza la opinión de Rossana Rossanda de tibieza de Trentin hacia el cambio dirigido por Acchille Occhetto (y también en algunas batallas internas de la izquierda del Partido): …no es en absoluto cierto. Trentin (…) se empeña en una batalla política, lo recuerdo bien, para que aquel cambio no sea solo de nombre sino de contenidos y con un nuevo proyecto de sociedad. De hecho propone que el congreso constituyente del nuevo partido esté precedido de una especie de congreso programático.[1] Al principio no le gusta a Trentin la forma de la operación, que califica de instrumental, improvisada y pobre culturalmente, y que se haya enfocado todo en el cambio de nombre, y teme la deriva hacia un pragmatismo transformista del nuevo partido, pero rechaza la defensa apologética del existente y de una ideología catastrofista con la cual nunca he tenido nada que ver. Se muestra contario, señala Arienma, a la concepción “integrista” propia de la minoría del no, del comunismo como horizonte y fin último. Insiste ante Occhetto en que el nuevo partido debe basarse en la cultura del trabajo e incluso le propone, sin éxito, que el partido se denomine Partido del Trabajo o Partido de los Trabajadores para remarcar esta orientación.

    En el debate sobre la disolución se mueve con quienes intentan hacer un puente entre los del “sí” y los del “no” para evitar la ruptura. En el congreso apoya la moción de Occhetto por creerlo lo más coherente, pero su juicio se mantiene muy crítico: Ha terminado el feo congreso de transición del PCI al PDS. Pobre y transformista en su introducción y en sus conclusiones. Un reflejo puntual del empobrecimiento cultural e incluso de la regresión que marca esta fase política de pura conservación del consenso del poder.

    En medio de este debate, en enero de 1991, se produce la primera guerra del Golfo contra Irak por su anexión de Kuwait, con la intervención internacional liderada por EEUU y secundada temerariamente por José María Aznar. Nuestro presidente, hay que decirlo, se limitó a hacer de comparsa de Bush y de Blair en la vergonzosa fotografía en las Azores. Su ardor guerrero lo reservó para la “encarnizada” recuperación del islote de Perejil en julio de 2002.

    También en Italia, el gobierno se alineó con las posiciones más belicistas. Trentin alcanza con CISL y UIL una posición común con acciones limitadas en contra de la guerra, después del bombardeo de Bagdad, pero es contestado internamente: Surge de repente el desencuentro con Bertinotti y los neopacisfista por su demanda de huelga general, aún a costa de romper el pacto con CISL, UIL y los socialistas (…) se perfila una ruptura lacerante de la izquierda, y quizás del sindicato, que puede hacer inútil cualquier iniciativa constructiva para parar la guerra.

    Se vuelca en el debate en la CGIL y en los problemas sindicales sin involucrase a fondo en el nuevo partido pero afectado por la crisis más general del comunismo, agravada por lo demás con el fallido golpe de estado contra Gorbachov en agosto de 1991 y la desaparición poco después de la URSS: Desde hace dos días vivo en un ansia terrible después del intento de golpe de estado en la Unión Soviética…todo parece colapsar y disolverse…ver el arriar la bandera roja en la torre del Kremlin ha sido el símbolo angustioso no de la muerte del comunismo real, sino de la disgregación…El comunismo sobre el que nadie podrá decretar su final es aquel de las ideas, de las utopías prácticas, de Campanella a Fourier y sobre todo a Owen, de las provocaciones críticas con Marx y más allá de Marx, de los movimientos reales que ponen en el centro de sus objetivos la liberación del hombre sobre esta tierra, en esta historia.

    Para Trentin la libertad y la persona que trabajan está antes de la igualdad y de la clase. Es un elemento que se remonta a su formación socialista, libertaria y "azionista" y marca su relación ambigua con el comunismo "togliattiano".

    Trentin se afirmó en una idea de “socialismo herético” (definido así por Arienma) que iba más allá de la clásica “vía democrática al socialismo”, aun considerando esta línea justa en el equilibrio entre medios y fines, superadora de concepciones leninistas que entendían el socialismo como una necesidad histórica que conllevaba la renuncia a la libertad. Sin embargo y como señala también Arienma, en el PCI con sus altos y bajos momentos, fue siempre leal y respetuoso con las reglas internas a pesar de su pensamiento heterodoxo.

    No hay en los diarios de BT ni una sola referencia u opinión sobre Enrico Berlinguer, seguramente debido a que el dirigente comunista ya había fallecido en los años narrados. Pero aún así extraña por la coincidencia de ambos en la ética como fundamento de la política, que Berlinguer desarrollaría en su crítica a la ocupación del estado por la política que lleva a la degeneración del papel de los partidos. Con la “cuestión moral” presentada en la famosa entrevista del líder comunista con el director de “La Repubblica” Eugenio Scalfari en julio de 1981, los partidos se sintieron aludidos y saltaron chispas incluso en el suyo pese a que ese discurso no iba dirigido particularmente al PCI: era una llamada de alarma y preocupación por el estado de la democracia en Italia, en el interés de todo el país. [2].

    Bettino Craxi con bastante cinismo diría que la cuestión moral no puede existir porque todos somos culpables y cuando Berlinguer, poco antes de morir, fue silbado en el congreso del PSI de 1984, Craxi comentó divertido: no he silbado porque no se silbar. Berlinguer, sobre todo después de sus análisis sobre la derrota de la Unidad Popular en Chile en 1973, también pone el énfasis en la democracia como base genética del socialismo.

    La libertad como fundamento de la política era una verdadera obsesión para BT hasta el punto que cuando la CGIL debatía sobre la reforma constitucional en los 90, propuso de forma “provocadora” cambiar el artículo 1º de la constitución "Italia es una república democrática fundada en el trabajo" para poner delante como referencia fundacional a la libertad y a los derechos fundamentales. Decía que no se puede basar un estado democrático sobre una actividad parcial, aunque sea tan decisiva como el trabajo, sino sobre principios y valores universales. Ser un incansable defensor el mundo del trabajo no le hacía caer en el obrerismo político.

    Es sabido que la constitución republicana española de diciembre de 1931 se proclamaba “república de trabajadores de toda clase”. Esto último fue impuesto por los republicanos moderados para diluir la fórmula obrerista, pero la definición no fue tomada muy en serio. Cuenta Manuel Azaña en sus Diarios que cuando la delegación española llegó a la conferencia de la Sociedad de Naciones en Ginebra con mucho retraso, el presidente de la reunión les saludó con algo de guasa: “Por fin llegan los trabajadores de toda clase”.Los verdaderos avances obreros estaban en otros artículos menos retóricos de la constitución y en las leyes que impulsó Largo Caballero como ministro de trabajo.

    BT no veía ya el socialismo como un sistema codificado o como un modelo de sociedad cerrado sino como un proceso, y por ello no se centraba en la superación del capitalismo, sino en objetivos intermedios como la introducción en la sociedad de elementos de socialismo como la igualdad de oportunidades, el control sobre la organización del trabajo o los sistemas de bienestar comunitarios: no dejar para después de la conquista del poder la edificación del nuevo modelo de sociedad sino empezarla de inmediato.[3]

    Hoy con las ideas neoliberales abriéndose paso en todo el mundo y desmontando buena parte del estado de bienestar, puede parecer irreal esta profundización democrática y social pero en aquellos momentos en que lo que se estaba desmontando era el socialismo de estado soviético era necesario proponer modelos alternativos fuera de aquella experiencia y del capitalismo puro.

    Se extraña BT de las propuestas de las nuevas tendencias radicales del comunismo italiano que le parece que corresponden al pasado. Considera que el socialismo de estado podía tener una justificación hasta los umbrales de la segunda revolución industrial, no después. Arienma saca de los diarios una cita de junio de 1996 (año no incluido en este libro) en el que BT dice no saber definir con suficiente claridad la revolución desde arriba en un momento en que se hace aguda la crisis de la versión marxista del empobrecimiento y del colapso (capitalista).

    En su último libro La libertà viene prima vuelve sobre la dicotomía entre libertad e igualdad. Rechaza que primero se deba imponer la igualdad desde el poder y después la libertad, sea cual sea el desarrollo de un país, haya o no vivido una revolución liberal: No se puede concebir el desarrollo histórico y el de las fuerzas productivas como una sucesión de etapas ni ser esclavos de una evolución social por la cual la democracia y el estado de derecho se afianzan solo en un determinado estadio de civilización y de desarrollo económico. La libertad viene primero.

    El largo gobierno de coalición de Bettino Craxi (1983-1992) había inmerso hasta el fondo al socialismo italiano (reducida la izquierda del partido a la mínima expresión) en el régimen clientelar, de forma aún más profunda que cuando el centro-sinistra, estuvo presidido por un democristiano. Y se había agudizado aún más la connivencia delictiva entre políticos y empresarios. La “amistad” de Craxi con Silvio Berlusconi era un descarado negocio mutuo: el presidente con sus concesiones televisivas convirtió al empresario en magnate y en gran financiador del partido socialista.

    En esos años se quiebra el auge del unitarismo sindical aunque no significó su final pues las grandes federaciones y confederaciones italianas volverán a actuar unidas en fases posteriores de forma menos intensa. Ya hubo en el año 80 un fuerte encontronazo sindical en torno a la crisis y a las negociaciones con la FIAT, empresa central en la historia industrial y sindical italiana. No es posible en este trabajo entrar en las numerosas contradicciones disputas o acercamientos sindicales (también entre CGIL y su federación metalúrgica FIOM) que provocaba cada negociación en el gigante del automóvil, pero la FIAT está muy presente en Diari 1988-1994.

    La batalla contra la escala móvil salarial (subidas trimestrales automáticas en función del coste de la vida) fue iniciada por la patronal en 1982, durante el gobierno del republicano Spadolini, alegando que en un periodo de crisis económica era un obstáculo grave para hacer frente a la competencia exterior y a la inflación. Al principio todos los sindicatos estuvieron en contra de modificarla, pero después CISL y UIL aceptaron en parte esa tesis pensando también que las subidas salariales automáticas se anulaban por las subidas de precios. La CGIL en la etapa de Lama defendía la escala móvil porque significaba una recuperación del poder adquisitivo para la mayoría de los trabajadores[4] sin oponerse a su reforma: Es una herramienta y como todas las herramientas si sirve se utiliza y si no sirve se tira[5].

    Dos años después se abrió una larga negociación entre los interlocutores sociales, al final de la cual hubo un acuerdo en el que los sindicatos cedían a la demanda patronal de modificar la escala móvil, sin llegar a eliminarla, para mitigar los efectos de la inflación. La CGIL se opuso al acuerdo, aunque su corriente socialista era partidaria de la firma y acusó a Lama y a la mayoría comunista de ceder a las presiones del partido comunista, que estaba muy enfrentado al gobierno de Craxi. Sin embargo, el propio Lama hizo antes grandes esfuerzos para que fuera aceptable para la CGIL y para que el PCI no lo viera como un ataque.[6]

    La reforma pasó al parlamento y allí se hicieron correcciones para suavizar el corte salarial pero para la CGIL fueron insuficientes. No solo desde los sindicatos rivales se veía la mano del PCI, como puede reconocerse en la reflexión de Carlo Ghezzi, de la mayoría comunista de la CGIL y dirigente de la federación química: El grupo dirigente del PCI siguió atacando al gobierno como si nada se hubiera cambiado. No fue valorado el resultado de la corrección del decreto conseguida gracias a las luchas de los trabajadores y al obstruccionismo en la cámara.[7]

    Cuando el gobierno Craxi emitió el decreto de San Valentine que convalidaba el pacto concertado recortando la escala móvil, la CGIL se movilizó y también el PCI que promovió un referéndum contra esa medida que fue celebrado, y perdido, el 9 de junio de 1985. La unidad sindical se resintió y para las otras centrales era la CGIL la responsable de la ruptura de la Federación CGIL-CISL-UIL: a causa de de la intransigencia de la mayoría comunista de la CGIL condicionada por el Partido[8].

    Poco a poco, desde el área del gobierno y desde la patronal, se desató una ofensiva triunfalista sobre las reformas y de descrédito del modelo laboral alcanzado en las luchas unitarias. Las elecciones de delegados para los consejos de empresa se suspendieron; los convenios nacionales articulados por sector fueron puestos en cuarentena; el Estatuto de los Trabajadores ya se cuestionaba abiertamente. El principal obstáculo al avasallamiento neoliberal era la CGIL.

    En estas condiciones terminaron las experiencias de unidad cuasi orgánica de las federaciones de rama y el fuerte pacto confederal de unidad de acción representado por la Federación CGIL-CISL-UIL (1972-1985). Los ataques a las conquistas del “sindicato de los consejos” supusieron la entrada en una larga etapa de desencuentros, intercalados con algunas actuaciones unitarias.

    Se refiere con cierto detalle Bruno Trentin a un congreso de la UIL celebrado en Venecia, del 23 al 28 de octubre de 1989, cuando en el plano internacional ya se palpaba el inminente derribo del muro de Berlín, algo que también era utilizado en clave local. Fui testigo (como representante de CCOO, junto a Antonio Gutiérrez) de la sincronizada batería de ataques que desde la tribuna de oradores se desató por parte de sindicalistas, políticos y ministros contra la CGIL, y especialmente contra Bruno Trentin, presente como invitado. El discurso de Benvenuto defendiendo la idea del “sindicato de ciudadanos” (ya adoptada por la UIL desde 1985) como alternativa al sindicalismo de la confrontación me recodaba los reproches que a finales de los setenta sufrió CCOO, y Marcelino Camacho en persona, por exigir que la modernización de la legislación laboral paternalista del franquismo se hiciera con contrapartidas que compensaran las pérdida de derechos individuales con poderes sindicales para la defensa colectiva del trabajador.

    Uno de los que atacó con más énfasis a Trentin en ese congreso de la UIL en Venecia fue el ministro de asuntos exteriores Gianni de Michelis, a cuenta del supuesto conservadurismo de los comunistas y de la CGIL que les llevaba a oponerse al reformismo del gobierno. Trentin en los diarios tiene un recuerdo mordaz para Gianni De Michelis, que era el ministro de trabajo en 1984, cuando el decreto sobre la escala móvil: ese teórico cristalino del socialismo que es De Michelis hablaba a propósito del corte a la escala móvil como de una gran victoria del reformismo.

    Sobre ese congreso en Venecia BT es despiadado con la UIL en los diarios: La cosa en sí me dejó muy sereno: viniendo de un circo que ha pasado en estos años de sucursal de la CIA a la oficina de la caja de la FIAT…Recuerdo muy bien que aquella sesión inaugural en el Lido veneciano nada tuvo de protocolaria. Trentin en su “saludo” estuvo efectivamente tranquilo y se defendió sin ninguna concesión a la galería de las acusaciones de conservadurismo del pasado y reivindicó los logros del sindicalismo unitario especialmente la negociación colectiva: “Io non sono un pentito” (no soy un arrepentido), en alusión a los “pentiti” de las Brigadas Rojas. Un amago de abucheo fue cortado de raíz por BT levantando la vista y mirando fríamente a la sala.

    Las operaciones judiciales y policiales durante el llamado proceso de “Tangentopolis” por la trama de comisiones a partidos o a políticos por empresarios a cambio de “favores” pusieron fin al régimen del binomio DC-PSI y ello acarrearía la desaparición de ambos partidos históricos. Trentin habla en los diarios de estos escándalos y de la corrupción generalizada que, además de a los partidos afectaron también, en menor medida a los sindicatos. Era algo que le preocupaba seriamente y buscaba las raíces de la corrupción en la izquierda: La moralidad de la izquierda deriva de su consistencia reformadora. La “tangente” es siempre un intercambio entre la renuncia a las reformas y la legitimización de una izquierda y de un sindicato inofensivos para las fuerzas empresariales y especialmente para su sector especulativo.

    Trentin y España. En la guerra, en el franquismo y en la democracia

    Las citas sobre España son casi todas en relación con viajes que tuvo que hacer a nuestro país entre los años 1988-1994. Sin embargo, estuvo desde su niñez muy vinculado a España por la guerra civil, en la que se involucró militarmente el régimen mussoliniano mientras las simpatías de todos los antifascistas italianos estuvieron con la causa republicana, enrolándose muchos de ellos en las Brigadas Internacionales.

    Su padre Silvio Trentin entró en varias ocasiones en España llegando hasta el frente en Huesca. Los vínculos de la familia Trentin con el numeroso exilio español en el sur de Francia (primero en Auch y después en la cercana Toulouse) fueron muy estrechos y continuaron después de la guerra. Trentin menciona que su casa era un lugar de pasaje de italianos hacia España y de dirigentes republicanos como Juan Negrín. Habla del impacto de los horrores de la guerra, impresionándole el testimonio de Georges Bernanos, el gran escritor católico francés, que residía en Mallorca y que, pese a su ideología muy derechista y sus simpatías con los sublevados, contó la brutalidad de la represión franquista en la isla[1], teniendo su denuncia gran repercusión precisamente por ser Bernanos de ideas muy conservadoras.

    La madre de BT colaboraba en los primeros campos de refugiados y él la ayudaba en esos trabajos. Sería muy amigo de uno de esos chicos del exilio, Horace Torrubia, estudiante catalán (más tarde prestigioso psiquiatra), que más adelante y durante unos años estuvo casado con una hermana de Trentin.

    Trentin estuvo en Madrid en 1976 para apoyar el movimiento huelguístico desplegado en los primeros meses en todo el país y, también en ese año, participó como único invitado extranjero en la primera reunión entre los empresarios y los sindicatos ilegales CCOO, UGT y USO en un debate del Euroforum (Centro Europeo para el Desarrollo de la Empresa).

    Se celebró los día 11 y 12 de mayo para poner las bases de las nuevas relaciones laborales, sin ninguna presencia del Sindicato Vertical. La intervención de BT sobre el marco social y sindical en Italia tuvo gran calado y Nicolás Sartorius[2] se ha referido a esa aportación en varias ocasiones.

    Durante esa estancia fue entrevistado para Gaceta de Derecho Social (revista de los abogados laboralistas de CCOO) donde habló de las negociaciones en las grandes empresas como FIAT, OLIVETTI y del convenio nacional: hemos alcanzado la media salarial europea, pero con un coste en la mano de obra que es más alto debido a que…las prestaciones sociales son muy altas. Tenemos un sistema de revisión salarial que hoy día garantiza la defensa del salario, fundamentalmente de los trabajadores que menos ganan…Tenemos un mecanismo de reajuste entre las pensiones y los salarios. Ante la posibilidad que se abría entonces en Italia de la entrada de los comunistas en el gobierno expresó que la cuestión consistiría en como resistir frente a las fuerzas conservadoras y reaccionarias no solo italianas sino exteriores. Reiteró sus ideas de democracia sindical y de autonomía no para un viejo “tradeunionismo”, sino un sindicalismo político como expresión directa de la clase obrera. (GDS, nº 60, mayo 1976).

    Sobre el encuentro del Euroforum hay una reseña de abril de 1990 en los diarios: Cena en Botín -en el viejo Madrid- cerca de la Plaza Mayor. Agradable. Recuerdo una noche, ya muy lejana, con Nicolás Sartorius en el periodo de la transición, con ocasión de la primera negociación clandestina con los exponentes de los grupos multinacionales en España. Aunque no es muy preciso en la cita, parece claro que se refiere a ese primer encuentro de los sindicatos democráticos con el empresariado.

    Durante su mandato como secretario general de la CGIL visitó varias veces España para asistir a congresos de UGT o CCOO o a conferencias, como la que fue organizada por CCOO en la Universidad Complutense[3] en mayo de 1989, donde fue presentado por el presidente de la región Joaquín Leguina y habló principalmente de Europa. También CCOO le otorgó, en 1997, junto al panameño Luis Anderson (secretario general de la ORIT-CIOSL), el Premio Serafín Aliaga a los derechos sindicales por el libro de diálogo Nord Sud que ambos escribieron[4].

    Trentin anotaba en los diarios todos los libros que estaba leyendo, pero hay pocas menciones a libros o autores en español. Una de ellas a Savater (Invitación a la ética) y otra a Vázquez Montalbán: una escapada a las Ramblas a la búsqueda de Montalbán (he comprado un libro suyo) y de una pipa. En otras páginas cita la lectura de Historias de fantasmas del mismo autor, libro que le parece ligero y agradable.

    No aparecen en los diarios muchos personajes políticos o sindicales españoles. Hay tres menciones a Nicolás Redondo, una de ellas muy positiva, el 11 de abril de 1990: Viajo a Madrid para el congreso de la UGT. Fatigoso pero muy interesante. El informe de Redondo era en algunas partes muy bello, fresco y nuevo respecto a las tradiciones del sindicalismo y del socialismo español… En una ocasión cita, elogiosamente, a Antonio Gutiérrez junto a otros miembros del Ejecutivo de la “nueva” CES. En mayo de 1989 vuelve a citar amistosamente a Sartorius y con cierta sequedad a Camacho: Me veo con Marcelino Camacho, ya un poco patético en su diligente esfuerzo por actualizar obsesivamente su cultura económica de la 3ª Internacional. Reencuentro con gran alegría a Nicolás Sartorius todavía en gran forma.

    América Latina en los diarios de Trentin

    En Diari 1988-1994 se citan varios viajes de BT a países de América Latina y a EEUU. También algunas lecturas de escritores latinoamericanos como Juan Rulfo (le gustó más Pedro Páramo que El llano en llamas); Eduardo Galeano (Memoria del fuego: un mosaico documentos a veces extraordinarios); Isabel Allende (Eva Luna: bastante agradable); Jorge Luis Borges (Literatura fantástica, El informe de Brodie: cuentos muy bellos); Osvaldo Soriano (Triste, solitario y final: un bello libro); Gabriel García Márquez (El general en su laberinto: siento sufrimiento, como una historia de hoy). Carlos Castañeda y Alejo Carpentier son los escritores más veces citados. Lee al cubano Carpentier porque le seduce el mundo del Caribe y comenta elogiosamente la novela Los pasos perdidos, que le prende de forma casi obsesiva y atormentada. Sobre el peruano Castañeda, le impresionan las historias y leyendas mesoamericanas y cita varias de sus lecturas: El don del águila, La isla del Tonal, Viaje a Ixtlan y Una realidad aparte.

    Narra dos viajes a México –del 18 de marzo al 1 de abril de 1990 y del 10 al 16 de abril de 1994– en los cuales le acompaña Nana Corossacz, responsable del área de América Latina en el departamento internacional de la CGIL. En esas páginas y en otras se refiere a ella con afecto y como amiga: una compañera simpática y reservada. En el primero anota una reunión con Cuauhtémoc Cárdenas, a quien dos años antes un fraude colosal del PRI le había arrebatado la presidencia de México. Hace el siguiente retrato de Cárdenas: un hombre culto y atento y al mismo tiempo indeciso sobre la perspectiva a construir por su partido y sobre su batalla personal.

    Cárdenas, hijo del presidente que nacionalizó el petróleo en los años treinta y que acogió a los republicanos españoles, el general Lázaro Cárdenas, estaba entonces en su plenitud política y empezando a crear un nuevo partido aglutinador de la izquierda, el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Por esas fechas yo acompañé a Marcelino Camacho (presidente de CCOO) a México y también nos entrevistamos con Cárdenas en su casa. Nos acompañó Paco Largo, hijo de Largo Caballero y militante del PCE residente en México. La viuda del general y madre de Cuauhtémoc Amalia Solórzano había presidido un comité por la libertad de los dirigentes de CCOO cuando fueron encausados en el “Proceso 1001” y Marcelino quería reiterar el agradecimiento a Cuauhtémoc y conocer el proyecto del PRD. Yo estaba encantado de poder oír a Cárdenas y escuchar su explicaciones sobre el proyecto alternativo al “régimen” priista pero, aunque nos dedicó dos horas, me supo a poco debido a la proverbial locuacidad de Marcelino y a la timidez de nuestro anfitrión que no quería interrumpir las larguísimas peroratas sobre los males del gobierno felipista que “estaba llenando España de pobres”.

    En varias ocasiones posteriores, en Madrid y en México, pude conversar con más amplitud con Cárdenas quien, de no haber mediado las trampas del poder priista y después la insaciable tendencia a la autodestrucción de la izquierda, creo que habría sido un gobernante honrado y reformador. Volverá Trentin a encontrar a Cárdenas en su segundo viaje.

    En México, BT participó en debates en la Universidad Autónoma (UNAM) y también en reuniones con diferentes organizaciones sindicales, como el izquierdista Frente Auténtico de los Trabajadores (FAT) o la oficialista Confederación de Trabajadores de México (CTM). En ambas ocasiones se reunió con el eterno secretario general de la CTM, Fidel Velázquez, que en 1990 tenía ya 89 años y a quien describe como una momia parlante en la primera visita y al que, en la segunda cinco años después, encuentra aún más inmóvil: ahora tiene 94 años y claramente más drogado en sus obsesiones, en sus reacciones hacia los acontecimientos: “es necesario eliminar a los rebeldes de Chiapas”.

    Fidel Velázquez había desplazado en 1941 al marxista Lombardo Toledano del liderazgo de la CTM, llevándola a la derechización y a la sumisión al PRI, que había roto con el pasado cardenista y de cuyo poder fue pieza clave. Velázquez fue un auténtico poder fáctico temido por los presidentes de la república, a los que sin embargo se plegaba, no sin arrancarles ventajas para los trabajadores, léase puestos de diputados y gobernadores para su gente. Tal vez por ello acuñó la frase de “el que se mueve no sale en la foto”, que en España la prensa atribuía a Alfonso Guerra. En 1976, cuando participé como “telonero” en el mitin del 1º de Mayo en la Piazza San Giovanni de Roma, en la tribuna y antes de empezar los discursos, escuché al principal orador, Bruno Storti, de la CISL, contar que acababa de venir de México y que le preguntó a Velázquez cuando tenía pensado retirarse y que este le respondió con toda seriedad: “todavía no tengo a ningún muchacho preparado”.

    En realidad, en el entorno de Velázquez no faltaba precisamente veteranía. Al fallecer en 1997 (21 años después de su conversación con Storti), a los 97 años, hubo que buscarle sucesor y el diario El Universal relataba así la discusión en el Comité Nacional de la CTM: Emilio M. González, de 85 años, expuso que en el orden de la sucesión determinado por el propio Fidel Velázquez él era el segundo en el turno, luego de Blas Chumacero (90 años) y antes de Leonardo Rodríguez Alcaine (78 años[1]). Este último fue finalmente el elegido, aunque hay que decir que la edad media de los altos dirigentes bajó un poco debido a causas naturales, como explicó el propio Alcaine: En enero y febrero desviejadero. Hemos tenido una rachita muy mala en dos años.[2] Pero en Ginebra se seguiría viendo mucho tiempo aún por los pasillos del Palacio de las Naciones la figura acartonada de Alfonso Sánchez Madariaga, representante de los trabajadores mexicanos en el consejo de administración de la OIT, hasta su muerte en 1999, a los 95 años. Fue sustituido por doña Hilda Anderson, mucho más joven que Madariaga pero no obstante casi octogenaria.

    Trentin se asombra ante el personaje de Fidel Velázquez, que combinaba sin complejos la retórica revolucionaria mientras exhibía su poder absoluto: Sigue siendo el patrón de la CTM. Los otros secretarios le escuchan obsequiosos (toman apuntes al escuchar las más atroces banalidades con las que me ilustra) y se dirigen al compañero Fidel, con “Don Fidel” y “Sí Señor”. Una experiencia que de tan fuera del tiempo y de tan escalofriante resultaba fascinante. En sustancia me explicó que en la próxima batalla electoral se trataba de impedir que las fuerzas de la revolución (o sea la dictadura tecnocrática del PRI) fuesen expulsadas del gobierno del estado.

    En junio de 1991 viajó a Brasil, donde se entrevistó con Luiz Inácio Lula Da Silva, que ya estaba al frente del PT y había sido candidato presidencial en 1989 por primera vez.

    La CGIL, al igual que la CISL y la UIL, había apoyado al movimiento sindical brasileño durante la dictadura militar, al final de la cual, Lula encabezó las huelgas metalúrgicas, movimiento del que emanaría el sindicalismo democrático y la Central Única de Trabajadores (CUT). Trentin acudió a Río de Janeiro a un seminario coorganizado por la CUT, el COSATU de Sudáfrica y la CGIL.

    En ese tiempo, la situación interna en la CUT, dirigida por Jair Meneguelli, era complicada y las numerosas corrientes políticas que la componían estaban muy enfrentadas en las vísperas de un congreso y tras haber fracasado en un intento de huelga general de dos días. La convocatoria de huelga, señala Trentin, fue probablemente impuesta a Meneguelli por el ala más sectaria y dogmática de la CUT: Parece un caso de manual. Ahora la CUT se ha cerrado defensivamente bajo una campaña de prensa, de televisión, de declaraciones oficiales de una violencia coral sin precedentes… Entra en campo el sindicato corporativo, realista, producto del laboratorio del poder y de varios intereses conjuntos de la desastrosa izquierda brasileña (de Brizola, a la izquierda del PDMB, a muchos excomunistas de paso –los cuales distribuyen ahora sus fuerzas en todos los campos de la vida política, sindical y administrativa, con una diáspora que tiene pocos símiles en la historia).

    En los diarios Trentin también señala algún viaje a EEUU, que incluyo en este apartado solo por vecindad y porque en alguno tengo que ponerlo. Allí se reunió con los dirigentes de la AFL-CIO[3], muchos de los cuales aún tenían la resaca de la guerra fría: con Donahue, el actual vice, quizás el sucesor de Kirkland, con el cual emprendo una conversación difícil, falsamente anodina y llena de sospechas. Como único recuerdo de Europa me habla de su trabajo por la escisión de la CGT (de Francia), del financiamiento de FO (de Francia) y de la transmisión de propaganda hacia la Europa del Este. Tristes burócratas sin alma; ni siquiera la de los militantes libertarios de la izquierda anticomunista europea.

    Tom Donahue, secretario-tesorero de la AFL-CIO, no sucedió a Lane Kirkland en la presidencia, como era la tradición en esa central, pues un grupo de sindicatos ganó la elección para John Sweeney con la intención de relanzar la afiliación que había caído fuertemente a partir de la presidencia de Reagan. Los largos años de sumisión de la AFL-CIO a los poderes económicos y los voluntariosos servicios prestados en el exterior al “sindicalismo libre”, como mano de obra auxiliar del departamento de estado –cuando no de la CIA–, llegado el momento no les fueron agradecidos por los gobernantes neoliberales.

    Hasta poco antes de estas fechas existían nulas relaciones entre los sindicatos de EEUU y los europeos de matiz comunista, por suave que este fuera. Las embajadas tenían un listado de organizaciones comunistas y afines en cada país con las cuales estaba prohibido a sus funcionarios mantener contactos. Todavía a principios de los años noventa, si yo quería conversar con el agregado laboral americano en Madrid, un exsindicalista muy progresista, este aceptaba, pero luego me encontraba también al agregado británico. De esta forma ya no era un contacto directo de la embajada con el responsable internacional de CCOO, sino una invitación a almorzar del estimado colega inglés que se ha traído a un tercero a la mesa. Manera de cubrirse un poco las espaldas.

    El europeísmo de Trentin

    La pasión por la unidad europea la heredó de su padre, quien significativamente bautizó al grupo clandestino del que era jefe en Francia “Libérer et Fédérer”. Silvio y Bruno Trentin proponían un federalismo desde abajo –diferenciado del Manifiesto de Ventotene– que empezara en el territorio antes de llegar a los estados nacionales y desde estos a una federación europea que debía basarse no solo en las instituciones sino también en la economía y en el trabajo.

    El Manifiesto de Ventotene fue uno de los primeros documentos que abogaron por una Constitución europea. Proponía una Federación supranacional con el objetivo pacifista de impedir una nueva guerra. Fue lanzado por Altiero Spinelli (1907-1986), con la colaboración de Ernesto Rossi y de Eugenio Colorni, en junio de 1941 desde su confinamiento en la pequeña isla de Ventotene (1939-43). Spinelli había sido miembro del partido comunista, pero fue expulsado por sus críticas al tratado de no agresión entre la Alemania nazi y la URSS (pacto Ribbentrop-Molotov) de agosto de 1939[1].

    La fe en la unidad europea la expresó Silvio Trentin en un boceto que hizo de la futura Constitución Italiana en el que figura la leyenda “miembro fundador de la República Europea”. Lo entregó a su hijo en marzo de 1944, en el lecho de muerte en la clínica donde estaba ingresado bajo la vigilancia de la policía fascista. Bruno empezó muy joven a escribir sobre Europa: Uno de los primeros artículos de Bruno, fue publicado en el semanario del Partito d’Azione, Giustizia e Libertà, el 21 de octubre de 1945, tenía menos de 19 años, intitulado Esperienze federaliste, compartiendo los objetivos es crítico hacia el movimiento federalista europeo, porque tiene una mentalidad aristocrática y minoritaria.[2]

    En 1952 hizo un estudio para la CGIL sobre el Plan Schuman y después se ocupó de diferentes aspectos de la CECA y del Mercado Común. Siempre apoyó, de forma crítica, el proceso de integración europea incluso en asuntos polémicos como el Tratado de Maastricht. En esos debates tanto Trentin como el responsable internacional de la CGIL, Antonio Lettieri defendieron, en línea con la CES, que a los parámetros de convergencia monetaria deberían sumarse otros de convergencia económica y social. Trentin apoyó firmemente al gobierno Ciampi en su propósito de que el país ingresara en el Euro y combatió las ideas populistas antieuropeas o euroescépticas, ya fueran de la derecha, como la Liga Nord, o de la izquierda radical.

    Sostuvo siempre las iniciativas del presidente de la Comisión Jacques Delors sobre el cual muestra una opinión muy favorable pero, con clarividencia, cree que no tendrá continuidad: Delors está solo y en el futuro no tendrá sustituto en la función de promoción y de provocación que él ha tomado propiamente porque no representaba más que a sí mismo y sus inspiraciones culturales y no a un país o a un partido. En eso se queda y temo que quedará como un caso único en la historia de la CEE.

    Consideraba un error, más allá de las críticas que pudieran hacerse a las reformas comunitarias, la oposición de la izquierda al fortalecimiento de la UE y señalaba que era un síntoma de continuidad del antieuropeísmo del comunismo ortodoxo y de los laboristas británicos: Por lo demás nada diferente de la receta Marchais-Seguy o la de los mineros ingleses de hace diez años sin ni siquiera la sana retórica y la ficción de una alternativa posible a la política del capital; con la defensa de lo existente, la autarquía nacional, el vetusto nacionalismo antieuropeo (…) Una tesis que se encomienda…solo a la catástrofe, a una victoria del rechazo que lleve al colapso del sistema…para recibir de esa ruina el mandato de cambiar la historia. Es la caricatura del leninismo. Esta es la prosa que circula en el nuevo periódico de “Essere Sindacato” que se llama, naturalmente, “Fuori Linea”.

    En el plano sindical trabajó para que la CES tuviera las competencias propias de un sindicato de ámbito europeo. Las tres centrales italianas fueron decisivas en el congreso de autorreforma de la CES que llevó a la secretaría general de la misma a Emilio Gabaglio, antiguo dirigente de la CISL en 1991. Tanto en lo referente a la UE como a la CES existió –incluso cuando hubiera diferencias en el país– bastante unidad en las posiciones de CGIL, CISL y UIL.

    Trentin asumía con seriedad sus cargos y responsabilidades, no solo como dirigente sindical italiano, sino también europeo, y por ello participaba en casi todas las reuniones del Comité Ejecutivo de la CES, pues quería que esta jugara un papel protagonista en la construcción de la Europa social. Se involucraba directamente en los debates y en los encuentros importantes y sin embargo anota en los diarios su desilusión por la esterilidad de muchas reuniones: Continúa la discusión en el C.E de la CES en medio de escaramuzas que se resuelven después de horas en tal enmienda torcida que pasa a los archivos de la no historia.

    No obstante, en Diari 1988-1994 hay varias anotaciones en las que registra cambios positivos en la CES y en algunos nuevos dirigentes europeos: Pero en relación al pasado se ve en estos debates un mínimo cambio con respecto a los años ridículos y plomizos de la vieja gestión de la CES, Gabaglio, Seideneck, Jansens, Redondo, Kaspar, Gutiérrez, son verdaderos dirigentes sindicales y personas que piensan.

    La crítica a la patronal por obstruir el “diálogo social europeo” la extiende a algunos sindicatos que muestran más retórica que voluntad de hacer, de renunciar a viejas prerrogativas nacionales, y dar un paso cualitativo en la dirección de un verdadero y propio sistema negociación colectiva.

    También llevaba a cabo mucha actividad bilateral con sindicatos de otros países europeos y también con los de otras regiones. Con la CGT francesa de entonces las relaciones de la CGIL estaban bajo mínimos desde el abandono de los italianos de la Federación Sindical Mundial (de la cual habían sido con CGT casi los únicos miembros de la Europa “occidental”) y su inmediato ingreso en la CES en 1974. Nosotros en CCOO no queríamos componer con CGTP de Portugal y con CGT una coordinadora “de los excluidos de la CES” como nos proponía la CGT, pero queríamos colaborar con la CGTP y con la CGT, que tanto nos había ayudado durante la dictadura. Queríamos que CGIL ayudara a que CGT no se aislara en Europa, más aún cuando nosotros ingresamos en la CES en 1990. La CGIL mejoró su relación con la CGT sobre todo después de la elección de Louis Viannet como secretario: Almuerzo con Viannet de la CGT. Más alentador que otros encuentros del pasado con Krasucky y Seguy. Más modesto y más serio.

    A otro sindicalista francés, el líder de Force Ouvrière, Marc Blondel, le suelta una tarascada que solo los que han conocido de cerca al personaje pueden pensar que se la merece y que incluso se queda corto: Inefables intervenciones de Blondel de F.O en las cuales la estupidez, la torpeza, falsedad y arrogancia componen una mezcla de enorme interés para un psiquiatra o para un arqueólogo…

    En una ocasión escuché una respuesta a una de las bufonadas de Blondel por parte del inglés Norman Willis, desde su puesto de presidente de la CES y con sello del mejor humor británico. El líder de FO en tono patriotero replicó en una reunión del CE a los que censuraban que en Francia se prohibiera el trabajo nocturno de las mujeres en algunos hospitales: No es verdad! No somos zulúes! Que obsesión con diferenciar hombres y mujeres! En París hay un parque donde yo no sé distinguir hombres de mujeres! en alusión a la prostitución de transexuales en el Bois de Boulogne. Norman Willis –hijo de un brigadista internacional en la guerra de España– en el resumen le contestó: colega Blondel, debe saber que en el TUC de Gran Bretaña tenemos sindicalistas zulúes y son muy inteligentes pero lamentablemente no puedo ayudarle en ese problema que tiene usted para distinguir un hombre de una mujer.[3]

    Sobre el nivel de la actividad que llevó a cabo Bruno Trentin como parlamentario europeo después de dejar la secretaría de la CGIL baste como muestra un extracto del mensaje que el presidente de la República, Giorgio Napolitano, envió al acto de homenaje en el propio PE[4] al poco de su muerte: El recuerdo de los años en los que Bruno Trentin y yo participamos en la labor del Parlamento Europeo permanece en mí muy vivo y fuerte. Fueron años de profundo entendimiento en la aproximación a los problemas y perspectivas del proceso de integración europea. Han sido años de maravillosa colaboración y amistad. En la actividad del Parlamento Europeo, y más en general en el compromiso europeísta, Bruno Trentin había transmitido toda la riqueza de su formación ideológica y de su experiencia sindical y política: enfrentando en sus nuevos términos las cuestiones esenciales laborales y de los derechos y uniéndolos con la visión más amplia de las políticas económicas y sociales para llevarlos adelante no sólo a nivel nacional sino a nivel europeo. Y lo hizo todo con el escrúpulo y el rigor que siempre lo caracterizaron, y también con sobriedad y modestia. En este sentido, ha dejado realmente un ejemplo, que creo puede dirigirse en particular a las jóvenes generaciones.

    El alivio de la dimisión

    El año de 1992 es crucial para la política y la economía del país, y para las negociaciones de los sindicatos con el gobierno del socialista Giuliano Amato. Las elecciones de abril habían supuesto una derrota de la izquierda tanto del nuevo PDS, que apenas alcanzó un 16% de votos, como del PSI, que pretendía el “sorpasso” sobre los postcomunistas, pero que se quedó en un 13%, mientras la DC todavía obtuvo un 30%. La división de lo que había sido el PCI fue en parte responsable del mal resultado del PDS, pues la otra rama, Rifondazione Comunista, obtuvo cerca de un 6% y emergió con fuerza la xenófoba y secesionista Lega Nord, con más del 8%, futuro aliado de la Forza Italia de Berlusconi.

    Con el escándalo de Tangéntopolis y los procesos abiertos por los jueces de Mani Pulite (Manos Limpias), los cimientos de la República se removerían transformando el mapa político en poco tiempo. Económicamente la situación había empeorado, la lira estaba en peligro y se temía un colapso de las finanzas públicas.

    Giuliano Amato formó gobierno a finales de junio de 1992 y sus primera medidas fueron dirigidas a impedir la devaluación de la lira, algo que no pudo evitar, y a la vez emprendió las negociaciones con patronal y sindicatos. Los medios de comunicación exigían que se impusieran medidas de sacrificio y un pacto nacional para enmendar la situación financiera y para no exportarla a la Unión Europea. Sindicalmente la relativa recomposición de la acción unitaria estaba sujeta por los hilos y en cualquier momento podían de nuevo confrontarse de nuevo las tres grandes centrales.

    Trentin se sentía bastante solo políticamente. Estaba decepcionado con la dirección del PDS y con la izquierda comunista de Rifondazione y su corriente sindical en la CGIL, y, mientras, los socialistas empezaban su descomposición como partido. Alude en los diarios a esa doble presión: de Amato que amenazaba con la dimisión si no se alcanzaba un acuerdo y de la CISL que mira a su legitimación como interlocutor privilegiado del Gobierno y de la Confindustria.

    En julio se firma un acuerdo que liquida la escala móvil y congela la negociación colectiva de rama y de empresa durante un largo periodo. Trentin cede y pone la firma de la CGIL junto a las de la CISL y la UIL: Me encontré asediado: mas allá de las intenciones y del peso político de la amenaza de crisis de Gobierno que Amato ha evocado, era verdad que un fracaso de sus proyecto habría tenido, en aquel punto, efectos incalculables sobre la situación financiera del país y sobre el plano internacional. La división entre sindicatos y en la CGIL habría dado un golpe final al poder contractual del sindicato como sujeto político. Salvar la CGIL y la posibilidad futura de una iniciativa unitaria del sindicato; impedir que fuese imputada a una parte de la CGIL la responsabilidad de un ulterior empeoramiento de la crisis económica para marginarla del plano político, me imponía firmar el acuerdo y dejar entonces libre a la CGIL y sus organismos dirigentes de convalidar o no esa decisión. Y espero, por las razones políticas que me han inducido a ese gesto, que lo haga y extraiga con esto la fuerza para dar la vuelta en septiembre a las reglas del juego fuera de estos chantajes.

    Después debe explicarlo en el Comité Directivo de la CGIL, donde defiende el acuerdo y a la vez presenta su dimisión: Por otra parte, era consciente que, haciendo lo que he hecho, desatendí el mandato recibido de la Dirección de la CGIL, aquel mandato que yo solicité con tanta insistencia, contraponiéndome a las tesis de los habituales “rentiers” de la política del mientras peor mejor que pedían el abandono de la negociación. No podía anunciar al Secretariado de la CGIL mi intención de firmar sin preanunciar mi dimisión. Eso es lo que he hecho.

    La primera parte de ese mes de agosto las define como 15 días de infierno y no tanto por la decisión tomada sino por la amargura que le causan las presiones contrapuestas de un lado y de otro: …he caído en un estado de depresión que se hace cada día más consistente. Noto una inmensa fatiga física e intelectual, afectiva, tanta que por momentos me parece que debo tirarme a un lado de un camino y morirme, así por agotamiento, por incapacidad de expresarme, por desamor por la vida y la lucha, y simplemente porque no tengo ya ganas de batirme y de hacerme entender.

    Poco a poco va recuperándose de ese estado a lo cual ayuda su estancia en su casa en San Candido en sus queridas montañas de los Alpes Dolomitas: Alterno cansancio, desesperación y ganas de vivir, de estudiar, de recomenzar. El Comité Directivo de la CGIL rechaza su dimisión en septiembre.

    Frente a algunas decisiones del gobierno Amato los sindicatos se unen y se movilizan, como en la huelga general de octubre de 1992 contra la ley de presupuestos, convocada por CGIL-CISL-UIL.

    Trentin intenta proseguir la renovación de la CGIL y en los diarios se observa que poco a poco disminuye su pesimismo y se muestra más satisfecho con los resultados de la reforma interna que refuerzan la identidad de la central, le dan una mayor cohesión y la defienden de los vientos políticos externos.

    En abril de 1993, el presidente de la república, Oscar Scalfaro, encarga a Carlo Azeglio Ciampi la formación de un gobierno técnico, el primero no parlamentario de la historia republicana, considerando que su prestigio como gobernador del Banco de Italia facilitaría la transición hacia una segunda República. En el plano social, Ciampi y su ministro de trabajo, el prestigioso jurista Gino Giugni, considerado el padre del Estatuto de los Trabajadores, reemprenden la negociación con las partes sociales. Se alcanza el llamado Pacto de la Concertación, que reconoce el papel del sindicato en el diseño de la política económica social nacional y sobre todo la presencia del sindicato en los lugares de trabajo para[1] la negociación colectiva articulada, función que el gobierno Amato no había reconocido. De alguna forma Trentin, que había sido parte muy activa en estos acuerdos, se toma el desquite del trágala de julio.

    Todavía vendrá una iniciativa de unidad sindical de Sergio D’Antoni, secretario de la CISL, que no saldrá adelante, en esta ocasión por falta de acuerdo sobre la identidad y el proyecto del sindicato unificado y sobre los vínculos de este, como estructura, con los trabajadores. A Trentin, que ve prioritario reformar la CGIL y el sindicalismo en general dotándolo de una nueva deontología, no le convence la propuesta de D’Antoni, que califica de pura ingeniería estatutaria y sin proyecto destinada al fracaso: Su propuesta de unidad está levantada solamente para bloquear y hacer fracasar el intento de autoreforma de la CGIL (¿porqué la CISL no hace lo mismo?) en el difícil momento del paso.

    Al reunirse a principios de junio la Conferencia de Programa de la CGIL, BT considera que ha sido una buena conferencia, con un debate mucho más maduro que el del congreso de Rímini (…) ha terminado mi experiencia como secretario general de la CGIL. Ha sido una conclusión digna y el saludo de los compañeros me ha conmovido hasta dejarme trastornado durante dos días.

    Si no ha podido sanar al enfermo al menos se muestra razonablemente satisfecho de la recuperación y sobre todo tranquilo y convencido de que ya no puede hacer más. Definitivamente, presenta su dimisión los días 27-29 de junio de 1994 en el Comité Directivo, y para reemplazarlo es elegido Sergio Cofferati, miembro del Secretariado y antiguo líder de la federación de los químicos, FILCEA.

    Una frase de Trentin pronunciada el 30 de marzo de 1998 ante un grupo de estudiantes esclarece los motivos de su entrega a la causa sindical: He pasado toda una vida en el trabajo sindical. Probablemente esta elección la he hecho porque, desde que era muy joven, he descubierto en la clase trabajadora un deseo extraordinario de conocimiento y de libertad.

    En el acto fúnebre en honor de Bruno Trentin celebrado en Roma el 27 agosto 2007, delante de la sede central de la CGIL, cuatro días después de su muerte, Giovanna Marini cantó tres canciones cargadas de simbolismo que Bruno había pedido a su viuda que se cantaran en su despedida: “Bella ciao” (la lucha partisana en Italia), “Le temps des cerises” (la Comuna de París) y "We shall overcome" (los derechos civiles en EEUU).

    [1] Bruno Trentin. Diari 1988-1994. Todas las citas en cursiva y sin pie de página están sacadas de Diari.

    [2] Confederazione Generale Italiana del Lavoro.

    [3] Además de diversos prólogos y aportaciones a la obra de Trentin, Iginio Arienma escribió el libro La sinistra di Bruno Trentin. Elementi per una biografía y, con Luisa Bellina, Bruno Trentin. Dalla guerra partigiana a la CGIL, (2007). Ariemma coordina en la Fundación di Vittorio de la CGIL el “Grupo de trabajo Bruno Trentin”.

    [4] Comité Económico y Social Europeo.

    [5] Con la furia di un ragazzo. Un ritratto di Bruno Trentin. Película dirigida por Franco Giraldi.

    [6] TRENTIN, Bruno: La città del lavoro. Sinistra e crisi del fordismo, (1997). La ciudad del trabajo, (2012), Madrid, Fundación 1º de Mayo.

    [7] ARIEMMA, Iginio: La sinistra di Bruno Trentin.

    (8) ARIEMMA, Iginio: La sinistra di Bruno Trentin.

    [9] Bruno Trentin. Escuela de verano de la Federación Minerometalúrgica de CCOO. 7-9 de julio de 1988.

    [10] Partito Comunista Italiano

    [11] Confederazione Italiana Sindacati Lavoratori.

    [12] Unione Italiana del Lavoro.

    [13LAMA, Luciano: Cari compagni, (Dir. Pasquale Cascella).

    [14] “El grave riesgo que para el movimiento obrero entraña la unidad orgánica con los poderes políticos nos impulsa a declarar la incompatibilidad entre puestos de alta responsabilidad política y sindical en una misma persona.”

    [15] LAMA, Luciano: Cari compagni, (Dir. Pasquale Cascella).

    [16] El Partito d'Azione, conocido por la sigla Pd'A, nació en 1942, tomando el nombre del histórico partido liberal fundado por Giuseppe Mazzini durante el siglo XIX. El Partido de Acción tuvo una orientación radical, republicana y socialista y se disolvió en 1947.

    [17] ARIEMMA, Iginio: La sinistra di Bruno Trentin.

    [18] Partito Democratico della Sinistra

    (19) ARIEMMA, Iginio y BELLINA, Luisa: Bruno Trentin. De la guerra partigiana a la CGIL

    [20] Como primer “biennio rosso” se considera el periodo 1919-1920, cuando se produjeron grandes luchas obreras y la ocupación de fábricas y con la creación de consejos obreros inspirados en el modelo de los soviets.

    [21] De mi informe sobre la FLM publicado en el nº 1 del Boletín Informativo de la Federación del Metal de CCOO en diciembre de 1977.

    [22] La reflexión de los comunistas sobre cuestiones que interesan a la totalidad del movimiento obrero. Gerardo Chiaromente, RINASCITA, 22 de febrero de 1978.

    [23] MORENO, Juan: Trade Unions without frontiers (2001). Cita reproducida en MORENO, Juan y GABAGLIO, Emilio: El reto de la Europa social (2006).

    (24) RIDOLFI, Mauricio (Dir.): Luciano Lama

    [25] L’esperienza di Claudio Sabattini nelle lotte studentesca e operaie del 68-69 e nel movimento no global: Pensiero e militanza di un sindicalista Fiom. Tesis doctoral de Tommaso Cerusici.

    [26]ARIENMA, Iginio: La sinistra di Bruno Trentin. Todas las citas de textos italianos de este artículo están traducidas por el autor menos este párrafo extraído del resumen del libro de Arienma publicado por José Luis López Bulla en su blogspot.2014

    [27] ARIENMA, Iginio: La sinistra di Bruno Trentin.

    [28] ARIENMA, Iginio: La sinistra di Bruno Trentin.

    [29] Luca Telese en el prólogo a La Questione morale. Enrico Berlinguer. Intervista di Eugnio Scalfari.

    [30] ARIENMA, Iginio: La sinistra di Bruno Trentin.

    [31] LAMA, Luciano: Cari compagni. (Pasquale Cascella, dir.).

    [32] RIDOLFI, Maurizio (dir.): Luciano Lama.

    [33] LAMA, Luciano: Cari compagni. (Pasquale Cascella, dir.).

    [34] GUEZZI, Carlo y GUIDUCCI, Marica: La strada del lavoro.

    [35] BONI, Piero: Dicono di noi… UIL.

    [36] Referencia de Trentin al libro de Bernanos Les grands cimetières sous la lune. ARIEMMA, Iginio y BELLINA, Luisa: Bruno Trentin. De la guerra partigiana a la CGIL. (Entrevista con Franco Giraldi, pp. 29-67).

    [37] Por CCOO participaron además Julián Ariza, José Luis López de la Calle (asesinado por ETA en 2000), Cipriano García, Juan Muñiz Zapico, Rafael Pillado, Luis Royo y Eduardo Saborido

    [38] BT en Diari, habla de la “universidad obrera” probablemente en referencia a la Escuela de Relaciones Laborales de la Universidad Complutense, en cuyo marco se hizo la conferencia.

    [39] Nord Sud. Dir. Nana Corossacz. Prólogo de Alain Touraine. 1996, Roma, Ediesse. Una versión en español fue editada por CCOO.

    [40) MORENO, Juan: Sindicatos sin fronteras.

    [41] MORENO, Juan: Sindicatos sin fronteras.

    [42] American Federation of Labor-Congress of Industrial Organizations.

    [43] Spinelli fue comisario europeo y también miembro del Parlamento Europeo (independiente en las listas del PCI) donde propuso, en febrero de 1984, un proyecto de Estados Unidos de Europa, que fue aprobado, pero no lo asumió el Consejo, aunque influenció las sucesivas revisiones de los tratados de la CEE. El edificio principal del Parlamento Europeo en Bruselas lleva el nombre de Altiero Spinelli.

    [44] ARIENMA, Iginio: La sinistra di Bruno Trentin.

    [45] Un interesante retrato del sindicalista francés y de las maquiavélicas alianzas que estableció con el partido trotskista-lambertista para alcanzar y mantener el liderazgo en FO puede verse en el libro del periodista Christphe Bourseiller Cet étrange Monsieur Blondel (1997).

    [46] 3/03/2011, Bruselas. Organizado por la Fondazione Giuseppe Di Vittorio y el Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo.

    [47] ARIEMMA, Iginio: La sinistra di Bruno Trentin.

    Obras citadas

    Arienma, I., Bellina, L. (2008): Bruno Trentin. Dalla guerra partigiana a la CGIL, Roma, Nuova Iniziativa Editoriale

    Arienma, I. (2014): La sinistra di Bruno Trentin. Elementi per una biografía, Roma, Ediesse.

    Berlinguer, E. (2012): La Questione morale. Enrico Berlinguer. La storica Intervista di Eugnio Scalfari, Roma, Alberti

    Cerusici, T. (2011): L’esperienza di Claudio Sabattini nelle lotte studentesca e operaie del 68-69 e nel movimento no global: Pensiero e militanza di un sindicalista Fiom, www.inchiestaonline.it › Dossier › Fondazione Claudio Sabattini.

    Guezzi, C. (2007): La strada del lavoro, Milán, Baldini Castoldi

    Lama, L. Cascella, P. (1996): Cari compagni, Roma, Ediesse.

    Moreno, J. (2000): Sindicatos sin fronteras, Madrid, Ediciones GPS

    Ridolfi, M. (2006): Luciano Lama, Roma, Ediesse.

    Trentin, B., Anderson, L. (1996): Nord-sud, Roma, Ediesse.

    Trentin, B. (2012): La ciudad del trabajo, (2012), Madrid, Fundación 1º de Mayo.

    Trentin, B. (2017): Bruno Trentin. Diari 1988-1994, Roma, Ediesse.

    UIL. (2010): Dicono di noi, Roma, Studio ASA

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