Su mayo del 68 y el nuestro

    14/01/2019. Slavoj iek / Miquel Seguró

    A pesar de que en nuestra memoria colectiva progresista se diga que aún late el espíritu de las manifestaciones de hace cincuenta años en París, el vector de fondo de esas protestas está en vías de ser olvidado

    En el 50° aniversario de los eventos de mayo de 1968 en París y en otros lugares se impone reflexionar sobre un fenómeno: aunque un inmenso abismo separa el movimiento de los 60 de las protestas de hoy, hay quien dice que somos testigos de una reapropiación similar del malestar y la oposición al sistema capitalista. ¿Es así? ¿Pervive algo de esa movilización?

    Uno de los graffiti más populares en las paredes de París del 68 fue: les structures ne descendent pas dans la rue. Es decir, que no se podían explicar las grandes manifestaciones estudiantiles y de trabajadores del 68 en los términos del estructuralismo. Razón por la cual algunos historiadores postulan 1968 como una fecha que separa los movimientos del estructuralismo y del posestructuralismo. Posestructuralismo que, según se cuenta por su historia, es mucho más dinámico y propenso a intervenciones políticas activas. La respuesta de Jacques Lacan fue que precisamente esto es lo que sucedió en 1968: las estructuras descendieron a las calles; los eventos visibles fueron en última instancia el resultado de un cambio estructural en la textura social y simbólica básica de la Europa moderna (o cabría decir en plena transición a la postmodernidad).

    Las consecuencias del 68 demuestran que, en efecto, tiene razón. Sin embargo, lo que palmariamente sucedió después de ese año fue el surgimiento de una nueva figura del “espíritu del capitalismo”: el capitalismo mutó, abandonó la estructura centralizada fordista del proceso de producción y desarrolló una forma de organización en “red”, que se fortalecía a través de la iniciativa y autonomía de los empleados. Y eso sucedía en el lugar de trabajo. El cambio no era coyuntural ni accidental. Remitía, y aún lo hace, a una nueva ontología del trabajo, cuyo alcance no está fijado. En lugar de una cadena de mando centralizada jerárquicamente, el trabajo quedaba institucionalizado por medio de una multiplicidad de redes integradas por una multitud de participantes que comenzó a organizar el trabajo en forma de equipos o proyectos, y que con la búsqueda de la satisfacción e interacción del cliente afianzaba asimismo la implicación activa de los trabajadores en la “visión de conjunto”, liderada por la previsión de sus líderes. Este nuevo “espíritu del capitalismo”, igualmente circular, se aprovechó triunfalmente de la retórica igualitarista y antijerárquica de 1968, presentándose como una exitosa transición libertaria contra las organizaciones sociales opresoras del capitalismo corporativo. Y, cabe decir, también del socialismo “realmente existente”.

    El liberalismo económico se presentaría desde entonces como correlato del liberalismo social, que incluía el desencorsetamiento de lo moral, uno de los logros de la Europa revolucionaria. Pero las dos fases de este nuevo “capitalismo cultural” es claramente discernible, y se deja ver, por ejemplo, en campos como la publicidad. Si en los años 1980 y 1990 predominó la referencia directa a la autenticidad personal o la calidad de la experiencia, ya entrados en el nuevo milenio se percibe una mayor apelación a motivos socio-ideológicos transversales (ecología, solidaridad social…): la experiencia personal remitía a la de ser parte de un movimiento colectivo coral, de cuidar de la naturaleza y el bienestar de los prójimos, sobre todo los más necesitados, de hacer algo por el otro. Con ello, el sujeto-mónada-burgués, que en el panorama epistemológico y ético seguía pasando por horas bajas, recobraba algo de autoestima: puede que ya no fuese el centro rector del mundo, como aspiraba la Modernidad, pero el destino del globo terráqueo seguía estando en sus manos.

    Pensemos en una forma subjetiva de “capitalismo ético”, una que todos podemos interiorizar. Una lectura del propio consumo que funcione con la premisa siguiente: a más consumo de productos, mayor cantidad de dinero destinado a proyectos de ayuda. Quid pro quo. Usar el propio poder adquisitivo, el mío, para beneficiar el bien común, de los otros; eso es de lo que se trataría. Claro, de los seis mil millones de personas del planeta, cuatro mil millones viven en condiciones deplorables e indeseables, así que nada mejor que darnos, como humanidad, un mejor camino hacia un mañana más próspero. Operando así, el pecado de consumir y la eventual mala conciencia derivada de mi acto de consumo quedaría redimida y, por lo tanto, despachada, con la buena conciencia de que uno realmente necesita consumir para que otra persona pueda aspirar a una mejor vida. Un consumismo vicario, en definitiva. De esta manera, la participación en actividades consumistas se interpretaría como parte de la lucha contra los males finalmente causados, precisamente, ​​por dicho consumismo capitalista.

    Más circularidad. Y de manera similar, otros aspectos del 68 han acabado por integrarse con éxito en la ideología capitalista hegemónica conviviendo a día de hoy no solo con las políticas liberales, sino también las de la derecha. Por ejemplo, la libertad de elección, que se interioriza como mitigador de los males del trabajo precario: es fácil que nos autoexijamos reprimir las ansiedades de no estar seguros acerca de cómo vamos a sobrevivir los próximos años, al tiempo que enaltecemos el hecho de que se gana la libertad de "reinventarse" una y otra vez evitando quedar atrapado en el mismo trabajo monótono. Es decir, que si uno elige su vida, en todo instante, eso conlleva precariedad económica. Se trata de un daño colateral, así que lo esencial es cambiar de perspectiva y dejar de valorar tal precariedad como algo malo per se. Es el precio a pagar. Una vez más, el sujeto-burgués, pero ahora como amortiguador de la realidad, no su transformador.

    La protesta de 1968 centró su lucha contra los que se percibían como los tres pilares del capitalismo: fábrica, escuela, familia. Como resultado, cada dominio se sometió a una transformación postindustrial: el trabajo en la fábrica se ha externalizado cada vez más o, en el mundo desarrollado, se “ha reorganizado” a través del trabajo en equipo interactivo no jerárquico posfordista. La educación permanente, flexible y privatizada, ha reemplazado cada vez más a la educación pública universal. Por último, múltiples formas de modelos erótico-emocionales flexibles han ido reemplazando cada vez más la idea de la familia tradicional. Sin embargo, con el paso de los años se ha constatado que la izquierda ha acabado perdiendo en su propia victoria: el adversario visible fue derrotado, pero en este tránsito se le ha dado tiempo para su nueva recomposición, para una nueva y potencial forma de dominación capitalista más sutil, imperceptible, y por eso cada vez más eficaz, directa e inmune.

    En el capitalismo "postmoderno" el mercado está invadiendo nuevas esferas que hasta ahora se consideraban dominio privilegiado del Estado, desde la educación hasta la sanidad o la seguridad. Así, cuando el “trabajo inmaterial” (educación, manejo de afectos, etc.) se celebra como la labor que incide directamente en relaciones humanizadoras, uno no debe olvidar lo que esto significa dentro de una economía mercantil: que los nuevos dominios, hasta ahora excluidos del mercado, se han convertido en mercancía. Cuando tenemos problemas ya no acudimos a un amigo o amiga, sino que pagamos a un/a psiquiatra o un/a coachpara que se encargue de la situación. Cada profesión debe poder tener su espacio, claro está, pero detrás de esta lógica de “naturalización” de la dimensión emocional (¡del todo necesaria!) y altruismo profesionalizado, pervive otra dinámica. Es el ciclo del mercado lo que también se impone, donde todo se paga.

    Por supuesto que no hay que olvidar los importantes logros del ‘68. Por mencionar solo uno: abrió el camino para un cambio radical en la forma de afrontar retos sociales de primera magnitud, como la igualdad de género, la visibilidad del movimiento LGTB o la lacra de la xenofobia. Desde entonces no hay vuelta atrás. Lamentablemente queda mucha justicia por lograr, por eso lo que sucedió en el 68 no fue un evento único ni unilateral. Alrededor de su espíritu se combinaron diferentes tendencias de progreso, y por eso mismo también sigue sirviendo todavía hoy para espolear muchas posiciones conservadoras, que lo ven como un evento trasnochado y extemporáneo.

    Así que está “su” mayo de 1968 y “nuestro” mayo de 1968. Pero seamos sinceros: a pesar de que en “nuestra” memoria colectiva progresista se diga que aún late el espíritu de las manifestaciones de mayo en París, el vector de fondo de esas protestas está en vías de ser olvidado. El verdadero motor del 68 reside en su rechazo a la causa última del capitalismo, en un “no” a su lógica de dominación, como recoge la fórmula: Soyons realistes, demandons l'impossible!

    Trasladando eso a nuestro contexto, en el que se sostiene que la historia ha llegado a su fin y que todos, ricos y pobres, somos víctimas del sistema, la verdadera utopía es creer que el sistema global existente puede reproducirse a sí mismo indefinidamente, que es impenetrable. Y la única manera de ser verdaderamente "realistas" es respaldar lo que, dentro de las coordenadas de ese sistema, no puede sino parecer imposible: su real y efectiva transformación. Por eso la fidelidad al mayo de 1968, o lo que queda de él, se expresa inmejorablemente en la pregunta: ¿cómo prepararnos para este cambio de tercio, para sentar las bases de un nuevo giro copernicano? Se admiten propuestas.

    AUTOR
    Slavoj Žižek / Miquel Seguró

    Artículo en Revista Contexto Ver

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