El sindicalismo europeo frente a la deriva liberal y populista y a los movimientos corporativistas

    08/04/2019. Juan Moreno

    Es necesario relanzar la acción sindical a escala europea. Las luchas contra la política de austeridad no lograron sus objetivos por no tener alcance europeo. La acción de los sindicatos y su contribución al estado de bienestar, es ocultada. Es preciso defender una Europa social y democrática, para frenar el ascenso creciente de los nacionalismos excluyentes y xenófobos.

    En mayo de 2019 van a celebrarse elecciones al Parlamento Europeo, con incertidumbres y temores sobre el Brexit y, lo que es peor, con la certeza de que se plasmará en la composición de esa Cámara la fuerza que ya tienen los partidos nacionalistas-xenófobos-autoritarios-antieuropeos. Aunque todos los pronósticos apuntan a que dos tercios del Parlamento seguirán siendo europeístas y democráticos, a nadie se le escapa que sería un vuelco preocupante, como ya lo es la realidad que estos grupos supremacistas imponen en los países donde gobiernan como Polonia, Hungría e Italia. Igualmente las posiciones separatistas en varias regiones como (Flandes, Cataluña y otras) amenazan con la partición de los países y la imposición de hegemonías lingüísticas y supremacistas.

    En otro plano, hay que señalar que la Confederación Europea de Sindicatos, que agrupa a unos cincuenta millones de trabajadores, va a realizar también en mayo su congreso estatutario en Viena. El movimiento sindical mundial ha tenido siempre el internacionalismo en sus genes y en Europa, y aun con contradicciones y retrocesos, siempre ha mostrado un gran empeño en trascender la acción en los estados para alcanzar el gran objetivo de la Europa Social.

    En principio no parece que se produzcan grandes cambios en ese Congreso, pero ello no implica necesariamente una autosatisfacción por parte de sus dirigentes ni de sus miembros. En realidad se necesitaría un revulsivo para relanzar la acción sindical supranacional europea, pues si algo han demostrado las luchas durante la crisis contra las políticas (mal llamadas) de austeridad, es que sus causas y consecuencias trascendían el ámbito nacional, y las respuestas debieron ser también de alcance europeo, algo que se intentó pero no se logró. Hubo numerosas acciones e incluso importantes huelgas generales en varios países, pero la falta de sincronía imposibilitó una fuerte jornada europea contra la crisis. Sin embargo, en muchos países gracias a esas luchas se consiguió frenar o reducir los planes de ajuste más agresivos y los aspectos más negativos de las reformas laborales.

    Europa es el único continente donde al hablar de sindicalismo, hay que referirse a dos niveles diferenciados aunque estrechamente relacionados. Por un lado están los sindicatos de ámbito nacional, y por otro la Confederación Europa de Sindicatos (y las federaciones europeas sectoriales), a la cual pertenecen la gran mayoría de las organizaciones nacionales. Esto es así porque, a diferencia de las demás organizaciones sindicales internacionales, la CES tiene reconocida por la Unión Europea importantes competencias de representación y de diálogo social.

    Sin embargo, la acción reivindicativa mayoritariamente sigue basculando en el plano doméstico de los estados miembros de la UE. En parte debido a que la Unión Europea no ha avanzado hacia una unidad política superior, y también a un cierto estancamiento de los propios sindicatos en su "europeísmo" en relación a la etapa anterior a la crisis económica. Las causas de esa interiorización hay que buscarlas en las fuertes campañas que se han llevado en casi todos los países contra los sindicatos por parte de los grupos económicos, de los partidos políticos neoliberales y de gran parte de la prensa, como hemos visto recientemente en España con la “ocultación” de una gran concentración de CCOO y UGT. Podría añadirse que también desde sectores de izquierda populista se ha contribuido a señalar a los grandes sindicatos como corresponsables del deterioro social, y se ha intentado excluirlos en las movilizaciones populares (pensionistas por ejemplo) después de intentar, sin éxito, crear sindicatos alternativos.

    El Tratado de Roma de 1957 que instituyó la CEE, no contemplaba la dimensión social. Pese a ese déficit, no hubo una reacción sindical hasta los inicios de los años setenta, cuando varios dirigentes sindicales alemanes, británicos, franceses e italianos se propusieron la creación de una estructura sindical unitaria superadora de las divisiones entre sindicalismo socialista, católico o comunista. La CES, nacida en 1973, tuvo algunas iniciativas y acciones positivas, pero en su primera etapa no pasó de ser un centro de dirigentes sindicales que esporádicamente se posicionaban mediante declaraciones ante las cumbres de la CEE demandando una agenda social A finales de los años ochenta, en vísperas del derrumbamiento de los países del Este y ante las nuevas ampliaciones y el horizonte del Mercado Único y de la Unión Monetaria impulsadas por Jacques Delors, de nuevo los dirigentes de diferentes confederaciones pusieron en marcha un proceso de “auto-reforma” de la CES, que cuajó en el congreso celebrado en Luxemburgo en 1991. Se reforzaron significativamente sus capacidades, y se le dotó de mayor poder de coordinación y de acción sindical, al mismo tiempo que se consolidó su extensión a la gran mayoría del sindicalismo europeo (incluidos el nuevo sindicalismo democrático de los países del Este). Se alcanzó un discurso sindical sobre Europa basado en una postura crítica, pero inequívocamente favorable al fortalecimiento de la UE.

    En la década de los noventa, la CES consiguió negociar con la patronal europea diversas directivas comunitarias, poniendo las bases de un dialogo social que desgraciadamente no progresaría hacia un marco de negociación colectiva europea por oposición de la patronal. También se pusieron en pie numerosos comités de empresa europeos, que favorecieron la participación directa de los trabajadores en la acción sindical europea, y fortalecieron el papel de las federaciones europeas de rama.

    Sin embargo, el avance hacia una negociación colectiva europea, está aún muy atrasado. Sería necesario poner en práctica una mejor coordinación (aprobada en los congresos de la CES y de las federaciones) de la negociación colectiva de los países miembros de la UE, para lograr una mayor convergencia y poder vencer las resistencias patronales hacia los convenios europeos.

    Antes de la última gran crisis económica, la CES ya había perdido influencia ante las autoridades de la UE, y la actividad de los sindicatos miembros se había replegado en sus países ante la falta de perspectivas europeas, si bien hubo algunas acciones puntuales importantes como la movilización contra la directiva de servicios.

    En el ultimo congreso de la CES, en 2015, se propuso un nuevo relanzamiento de la acción sindical europea: empleos de calidad para todos; un alto nivel de protección social; la igualdad entre hombres y mujeres y salarios justos; igualdad de oportunidades; la inclusión social y los derechos fundamentales; salud y seguridad; la libre circulación de los trabajadores europeos y un fin al abuso y la explotación; servicios públicos de calidad accesibles a todos; y un marco europeo para mejorar el nivel de la legislación social nacional.

    Pero se han constatado dificultades en estos años para relanzar la CES como instrumento sindical común. De igual forma que las grandes decisiones de la UE son tomadas por los Estados reunidos en el Consejo y no por la Comisión, la responsabilidad de la acción de la CES depende fundamentalmente de sus organizaciones nacionales, que participan en el Comité Ejecutivo. Ni la UE es Bruselas (la Comisión), ni la CES es Bruselas (el secretariado).

    El congreso de la CES parece una buena ocasión para poner en pie, en alianza con otros actores sociales y políticos, una campaña por la Europa que queremos los trabajadores, tanto en el plano laboral y del empleo como en las cuestiones de democracia, inmigración y refugio, y más políticas de igualdad. Esta “alianza por una Europa social y de progreso” contribuiría a frenar a quienes quieren destruir la Unión Europea, proponiendo su reforma para hacerla más transparente y democrática.

    Es evidente que, en algunos países, sectores de la clase obrera han apoyado electoralmente a los partidos antiinmigración y antieuropeos, y aparecen muestras de que en el seno de organizaciones sindicales empiezan a cuajar las opiniones que culpabilizan a los refugiados e inmigrantes del empeoramiento del empleo, de la vivienda o de los servicios sanitarios.

    Esto se reflejó también en el Brexit. La CES se posicionó en contra de la salida de Gran Bretaña de la UE, y defiende junto al sindicalismo británico el mantenimiento de lazos entre la UE y Gran Bretaña. Los sindicatos británicos, en cuyas bases se refleja la división del conjunto del electorado en relación a la UE, se están movilizando para convencer al líder del partido laborista Jeremy Corbyn, de la necesidad de un segundo referéndum, en el cual están convencidos de que los trabajadores votaran mayoritariamente en favor de la permanencia. Los sindicatos conocen bien los riesgos del retroceso social que puede sobrevenir sin el paraguas de la carta de los Derechos Fundamentales de la UE.

    En todos los países europeos, el sindicalismo de corte confederal (especialmente en los países donde hay diversidad de centrales) se ve a veces desbordado por movilizaciones de tipo corporativo, o por fenómenos más complejos (como en Francia actualmente con los “chalecos amarillos”). Cierto complejo de los sindicatos de clase para desenmascarar y oponerse a reivindicaciones oportunistas y egoístas de algunos colectivos, especialmente aquellos que tienen más posibilidades de “hacer la guerra por su cuenta”, están llevando al crecimiento del sindicalismo corporativo, muy pernicioso para el interés general de los trabajadores y para el sindicalismo de la solidaridad.

    Ahora que tanto se está elogiando (y con razón) a la izquierda portuguesa, creo que en el campo sindical hay que resaltar la actuación de los sindicatos belgas FGTB, CSC y CGSLB, quienes convocaron un huelga general, llevada a cabo el 13 de febrero de 2019 bajo el lema "los trabajadores merecen respeto". Tuvo un seguimiento masivo, y su repertorio reivindicativo era bastante “clásico”: aumento significativo de los salarios de los trabajadores y del salario mínimo (SMI) de 2.300 euros mensuales; una pensión mínima de 1.500 euros netos; pensión correspondiente al 75% del salario medio del trabajador; por igual trabajo, igual salario; fortalecer los servicios públicos.

    Confiemos y apostemos por una primavera de los trabajadores y de la Europa Social.

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